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Si hay «elementos últimos» que no cambian, entonces no cesan. Pero si
no cambian ni cesan, entonces no existen. He aquí la tesis capital de esta sección:
la equiparación de realidad con cesabilidad, o posibilidad de cesación.
Esto no quiere decir que todas las realidades naturales posean la misma forma de cesabilidad.
Ciertas partículas se transforman en otras; de estados considerados
«materiales» puede pasarse a otros descritos como
«energéticos», y viceversa, etc. En el curso de estos cambios y
transformaciones, que son a la vez cesaciones de una estructura o, si se quiere, de un estado para
dar origen a otra estructura, 0 estado, ciertos elementos pueden ser más persistentes
-más «perdurables»- que otros. Ciertos cambios de posición espacial
de los elementos dentro de una estructura pueden ser muy importantes para las transformaciones
a que ésta pueda ser sometida, mientras que otros cambios, asimismo de naturaleza
espacial, afectan a la estructura solo mínimamente.
¿Cabe equiparar realidad, o existencia, con cesabilidad? La respuesta es afirmativa. He
aquí la primera de cinco proposiciones al respecto:
1. Ser real (o existir) es ser cesable
¿Quiere esto decir que todas las cosas en la Naturaleza exhiben el mismo
grado de cesabilidad? (¿0 que dejan de ser del mismo modo y en la misma medida?) La
respuesta es negativa, como se ve en la proposición:
2. Hay varios grados de cesabilidad, desde la pura y simple terminación de la
existencia hasta lo que se entiende por «muerte».
A primera vista, las proposiciones 1 y 2 no encajan mutuamente. En todo caso, ofrecen una
dificultad mayúscula: si, por un lado, ser real es ser cesable y, por el otro, se admiten
grados de cesabilidad, habrá que concluir que «unas cosas» existen
«más», o son más «reales» (por ser más
cesables), que otras, y viceversa.
Evidentemente, esto sería absurdo.
Para hacer frente a esta dificultad, propongo lo siguiente: Primero, estimo que no hay lugar a
admitir «grados de existencia» del Mismo modo que se admiten, o en el mismo
sentido en que se admiten, grados de color o de temperatura. No tiene sentido, pues, decir que
algo existe «más» o «menos». Ni siquiera cuando algo es
realmente Posible y hasta altamente probable existe antes de actualizarse su Posibilidad. Segundo,
nada cesa «más» o «menos» como si la cesación
pudiera medirse y cuantificarse. En este sentido, la noción de cesación es tan
unívoca como la de existencia. Por tanto, por 'grados de cesabilidad' hay que entender
otra cosa.
Propongo que sea lo menor o mayor indeterminación con respecto a la
duración posible, o a la posible permanencia, de aquello de que se trate. Con el fin de-
evitar problemas enojosos, que, por el momento, además, no han sido aún
completamente dilucidados, haré caso omiso del hecho, de que el universo haya podido
tener un origen (posiblemente con el tiempo) y de que las condiciones reinantes al comienzo, o
durante los llamados «los tres primeros minutos», hayan sido tan distintas de las
que conocemos, que no valgan para ellas los esquemas ontológicos aquí
presentados -como pudieran muy bien no valer tampoco las mismas leyes físicas que rigen
el universo en nuestro presente momento. Una vez admitida esta restricción, cabe hacer
una serie de afirmaciones relativas a la «duración»,
«permanencia» o «cesabilidad» de las «cosas» o
«entidades» que hay en el mundo. En las condiciones actuales conocidas, un
electrón puede seguir siendo el mismo electrón durante cinco mil millones de
años o durante un trillonésimo de segundo. El tiempo de duración de un
sistema solar del tipo del nuestro es menos azaroso, en parte porque se trata de un objeto mucho
más complejo -al fin y al cabo es una abrumadora estructura compuesta de muy diversos
tipos de elementos en enormes cantidades- y en parte también porque tiene un «desenvolvimiento» -el que va, por ejemplo, de la nebulosa a la formación de
planetas, satélites , etc. De todos modos, se trata de una duración relativamente
poco definida y precisa. Una cordillera o un sistema fluvial en nuestro globo pueden durar
más o menos, dependiendo de muy variados factores, que incluyen su posición en
la geología del planeta y su relación con otros procesos geológicos. Pero
la duración de una cordillera en nuestro globo está
de una cordillera en nuestro globo está posiblemente más determinada y
circunscrita que la de un sistema solar en virtud de su posición en la geología del
planeta: algunas cordilleras pueden desaparecer bruscamente, en una gran convulsión
geológica, y otras ir dejando de existir en cuanto cordilleras en virtud de, entre otras
causas, las erosiones, pero no es absurdo hablar de «la vida (la duración) de una
cordillera». Un organismo biológico -en todo caso, uno multicelular- está
mucho más confinado temporalmente que cualquier otra realidad no orgánica. Su
«ciclo vital» no puede extenderse indefinidamente o, en todo caso, arbitrariamente.
Los organismos biológicos tienen, ya propiamente, una «vida» y
están por ello sometidos a una «muerte». La cesación configura un
organismo biológico de un modo mucho más determinado que las realidades
inorgánicas. Esta configuración por la cesación alcanza su máximo
en el ser humano —y puede alcanzarla en cualquier especie capaz de objetivarse mediante
productos culturales. Por eso se puede hablar aquí, ya más propiamente, de
«una vida» -y de «una muerte»-. En suma, «cesar más
o menos, es decir, exhibir un grado, todo lo flexible que se quiera, de cesabilidad» es
aproximadamente lo mismo que «estar más o menos precisamente condicionado
(en virtud de la propia estructura y de su posición y función en el mundo) para
cesar». A la luz de lo dicho, siento otras dos proposiciones:
3. La cesabilidad mínima es la de las realidades inorgánicas
4. La cesabilidad máxima es la de los seres humanos.
Buena parte de la presente obra está destinada a aclarar, y a ilustrar, estas dos
proposiciones. Concluiré con ésta:
5. Si, para simplificar, se llama «mortal» a «ser cesable», cabe
concluir que cada uno de los niveles -en orden de posible emergencia- de «la
realidad» es analizable en virtud de su situación ontológica dentro de un
continuo -el «continuo de todo lo que hay» caracterizado por uno, o, más
pares de tendencias opuestas (y complementarias). El par de tendencias dilucidado a lo largo de
esta obra está constituido por los dos siguientes opuestos (y complementarios) polos: la
tendencia que va de «lo menos mortal» a «lo más mortal» y la
tendencia que recorre el camino inverso.
Los pares de «tendencias ontológicas» aludidas pueden ser muy
distintos entre sí, pero funcionan de modo semejante. Esto hace que, dados varios pares
de esta índole, cada miembro de un par pueda compararse, y hasta relacionarse, con el
correspondiente miembro de los pares restantes. Así, dados los pares llamados «ser
y sentido» y «minimamente cesable y máximamente cesable»,
«ser y mínima—mente cesable», por un lado, y «sentido y
máximamente cesable», por el otro, la serie de los primeros y la de los segundos es
mutuamente comparable y relacionable. Algo similar ocurre con los pares
«simple-complejo», «desorden-orden» y «menos
individualizado-más individualizado». No puede decirse, por el momento, si hay o
no un «par predominante», aunque parece probable que si uno hay sea el par
«desorden-orden». Es posible, en todo caso, que la tendencia al desorden sea
unívocamente correlacionable con la tendencia hacía la cesabilidad y hasta con los
grados de ésta. Así, las realidades inorgánicas son, de acuerdo con el
esquema propuesto, menos cesables, menos individualizables, menos complejas y menos
tendientes al orden que las orgánicas, que serán, congruentemente, más
cesables, más individualizables, más complejas y más tendientes al orden
que aquéllas.
Preguntémonos ahora si la «línea» que va de lo menos cesable a
lo más cesable es «continua», lo que equivale a preguntar si es asimismo
«continua» la «línea» a lo largo de la cual se manifiestan los
distintos grados de orden, de individualidad y de complejidad.
Se enfrentan al respecto dos grandes ontologías (o hasta «concepciones del
mundo») que han batallado durante siglos sin que ninguna de ellas se haya impuesto
definitivamente sobre la otra.
Una de esas ontologías, o «concepciones del mundo» ha recibido el
nombre de «monismo». Sus partidarios han negado que «la realidad»
(«el mundo», «todo, lo que hay», o hasta «todo lo que pueda
haber») se escinda en compartimentos estancos, cada uno de ellos fundado en principios
irreductibles. Por lo común, el monismo de referencia ha adoptado dos formas: la
materialista y la espiritualista (o también la personalista).
En la otra ontología se ha defendido la completa mutua irreductibilidad de
cualesquiera «capas», «esferas», «sectores» o
«niveles» de la realidad. Se han adoptado asimismo dos formas básicas: el
dualismo (que puede ser de la materia y el espíritu, la extensión y el pensamiento,
lo sobrenatural y lo natural, la Naturaleza y la cultura, el ser y el valor, etc.) y el pluralismo (que
ha tratado de superar el dualismo aumentando, más bien que reduciendo, el
número de posibles esferas o niveles de lo real).
Como sucede a menudo con doctrinas de alcance muy vasto y, específicamente, con
teorías o esquemas ontológicos, cada una de las indicadas puede apoyarse en
sólidas razones, lo que quiere decir que se pueden armar convincentes argumentos contra
las otras. Ahora bien, se adopta una teoría ontológica fundamental no porque sea
irrefutable (si así fuese, sería ipso facto sospechosa), sino porque se
espera que con ella sea más fácil orientarse en el conocimiento del mundo -una
ontología tiene mucho de «idea regulativa» en el sentido kantiano- a la vez
que lo que vamos sabiendo del mundo por las ciencias y por la experiencia nos vaya confirmando
la ontología elegida.
Ésta es lo que cabría llamar «monismo sui generis». Monismo,
porque dudo que haya capas, esferas o niveles completamente independientes, sea
ontológica o bien epistemológicamente. Desde este punto de vista, propongo la
tesis de que la realidad forma un «continuo». Sui generis, porque se niegan
a la vez tres cosas. Primero, que semejante «continuo» constituya una realidad, o
forma de realidad, única. Segundo, que aunque esté constituido por varias capas o
niveles todos ellos sean últimamente reductibles a una capa o nivel básico.
Tercero, que la idea de continuidad implique necesariamente la ausencia de desniveles o,
según los casos, de cambios bruscos. Refiriéndose a la evolución,
geológica y biológica, de nuestro planeta, Stephen Jay Gould y Niles Eldredge han
propuesto una teoría que llaman «equilibrios puntuados» . De modo similar
cabría hablar de una «continuidad puntuada». El carácter
«puntuado» se manifiesta no sólo en la multitud de capas y niveles, sino
asimismo en el modo como unos están relacionados con otros, y en el modo como unos
han «emergido» de otros. Ello permite explicar por qué se puede adoptar
una ontología materialista y, al mismo tiempo, no reduccionista. Con ella se aspira a
explicar cómo han podido producirse ciertos aspectos o formas de la realidad que no es
menester describir estrictamente en términos de su constitución material .
Según ha escrito N.R. Hanson, «Los hombres están compuestos de
células. Aunque sea cierto decir que los hombres tienen sesos, personalidades y
preocupaciones monetarias, sería no decir nada afirmar tales cosas de las células,
especialmente si un lenguaje relativo a las células se hallara construido ab initio
como lenguaje lógicamente diferente del usado acerca del hombre» . Dicho de otro
modo: «Tiene esquizofrenia y un débito en la cuenta bancaria» no puede
expresar nada en un lenguaje circunscrito a los comportamientos celulares. Y aunque
cabría hablar de una conjunción compleja de células en términos
análogos a los usados cuando se habla de un hombre, ello no permitiría reducir a
uno los dos lenguajes, ni siquiera en el caso de que caracterizasen el mismo objeto, es decir, yo. Si
alguien habla de mí como de un hombre, pero otro habla de mí como un conjunto
de células, los dos hablantes difieren conceptualmente aun cuando el denotatum
de ambos lenguajes sea idéntico» . En este caso, lo que proporciona la continuidad
ontológica es la identidad del objeto y la variedad de sus aspectos a cada uno de los
cuales compete un distinto «lenguaje». En otros casos, la continuidad está
dada por la estrecha relación causal entre dos grupos de fenómenos, que, por lo
demás, no exhiben necesariamente todas y las mismas propiedades. Así, la
estructura y disposición de partículas, o micro-partículas, puede producir
un objeto material caracterizado, entre otras, por la propíedad de la rugosidad sin que por
ello haya que suponer que las indicadas micro-partículas sean rugosas. Esta peculiar
combinación de la continuidad con la diversidad ontológica a que. di el nombre de
«monismo sui generis» ha sido admitida por otros autores que han
explicado de este modo el aparente misterio de la estrecha relación entre la actividad
neural y la actividad mental, sosteniendo que no hay inconveniente en afirmar que la primera
causa la segunda y que a la vez la segunda es una propiedad (o conjunto de propiedades)
de la primera . Cuando Locke afirmaba «la materia piensa», tenía
posiblemente en mente una idea parecida. No es que, propiamente hablando, «la»
materia, es decir , todo lo que es material, piense; es más bien que el pensar no es una
operación que pueda desgajarse por completo de una estructura material, y
específicamente cerebral.
Ahora bien, a diferencia de las ontologías materialistas y emergentistas más
conocidas, la que aquí propugno encaja dentro de la concepción integracionista
descrita en la «Introducción». Aun si todos los niveles de realidad son, a la
postre, directa o indirectamente, dependientes para su constitución de un nivel
físico básico; resulta que, una vez constituidos los niveles que conocemos, o
cualesquiera que pudiera oportunamente descubrirse , es legítimo discurrir sobre cualquier
nivel de realidad en términos de su «tendencia ontológica» hada los
que cabría estimar como opuestos, pero que, según se ha visto, es lícito
juzgar como complementarios. Esto hace que no sea indiferente para la descripción del
nivel físico a considerar la posibilidad de la emergencia de otros niveles -como no es
indiferente para la descripción de otro nivel, por ejemplo, el cultural, considerar su
referencia a niveles precedentes, incluyendo últimamente el físico. En otras
palabras, cabe hablar de las realidades, según oportunamente se indicó, en
términos de «polos» -de «polos ontológicos»-, que
son, asimismo, sí no predominantemente, tendencias, Por eso el estar situado más
cerca de uno de tales polos que de otro es lo que puede caracterizar a tal o cual tipo de realidad, y
ello incluye la mayor o menor cesabilidad.
En suma: se postula aquí una serie, o sucesión, ontológica de
realidades, o tipos de realidades. Pero se presume que esta serie, o sucesión, no es
representable mediante una sola línea, ininterrumpida y unidireccional, al modo de
una flecha que indicaría la «dirección» del «ser»
hacía la «existencia real»; es representable más bien por una
línea en cada uno de cuyos puntos convergen dos direcciones opuestas y
complementarias. Cabe llamar a esta ontología «la de la doble
dirección», o duodireccional, o la «ontología del
integracionismo». Las añejas metafísicas que habían apelado a las
nociones de «procesión» y «conversión» percibieron
que había en el mundo algo explicable en términos de proceso, pero prestaron
escasa, o nula, atención a la posibilidad de una «doble dirección» del
mismo. Por eso midieron ontológicamente el cosmos de acuerdo con una sola
dirección -la que suponían encaminarse hacia «el ser», «la
perfección», «la plenitud», etc., al punto que llegaron a considerar
las cosas tanto menos reales cuanto más alejadas (ontológicamente) se hallaban, o
suponían que se hallaban, de un «polo». Situaron, pues, cada tipo de
realidad de un modo que lo hacía depender absolutamente de «la realidad».
Lo que se oponía a ésta era «la materia», a menudo identificada con
«lo puramente indeterminado» o «la nada». Desembocaron
así, en un monismo espiritualista, formalmente similar, aunque en contenido radicalmente
opuesto, al tipo de monismo materialista y reduccionista que niega que se pueda hablar de nada
salvo en términos de composición material.
En suma: el monismo (o «monopluralismo») aquí propuesto coincide
con cierto número de doctrinas monistas en que niega que haya compartimentos estancos
y enteramente irreductibles en el mundo. Difiere de ellas, sin embargo, en dos puntos esenciales.
Primero, en admitir que hay capas o niveles de realidad emergentes. Segundo, en juzgar que toda
capa o nivel de realidad es situable ontológicamente en un continuo situado entre dos
polos, que por no existir en cuanto tales, son nombrables sólo mediante
conceptos-límites. Estos conceptos -o pares de conceptos- son varios.
* * *
En conclusión: la cesación es coexistensiva a lo real. Pero no ejerce igual
impronta sobre todas las formas de realidad. Así como al afirmarse que «el ser (la
realidad, las cosas) se dice de muchas maneras» se presupone que algunas de ellas son
más destacadas en ciertos respectos que otras, cabe admitir asimismo que algunos modos
de cesar son más prominentes que otros. Esto, y sólo esto, quiero decir cuando
afirmo que ciertos modos, o niveles, de realidad son más cesables que otros, o que hay
una «progresión» en el cesar -o en el grado de cesabilidad- que permite
pasar del puro y simple terminar hasta el «morir». No hay nada que sea enteramente
perecedero, y mortal, como si en ello consistiera su único modo de «ser».
Pero no hay nada tampoco que sea totalmente inmortal e imperecedero. Cierto que los
significados, los conceptos, los valores, etc., no son ni perecederos ni imperecederos, pues se
hallan fuera de toda «mortalidad» o «inmortalidad». Pero los
significados, los conceptos, los valores, etc., no tendrían sentido a menos de estar dentro
de un contexto que, por lo que sabemos, es el de la vida humana, la cual es posible sólo
dentro del contexto de las realidades biológicas. Así, «ser es ser cesable (y,
en algunos casos, mortal)» no es la fórmula extravagante que prima facie
podría parecer.
(Último parágrafo perteneciente a la sección 7 del capítulo 1 de
El ser y la muerte)
volviendo al El ser y la muerte:
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