1. Plagas de nuestro tiempo
Hay un morbo al que nuestros abuelos no escaparon por
completo, pero que sólo en el tiempo y mundo en que vivimos, con el auge de los
medios de comunicación para grandes masas, se ha convertido en una epidemia: el
continuo bulle-bulle de las llamadas «celebridades» -y, a veces, uno se
pregunta por qué «personalidades».
Los sujetos de que voy a ocuparme son de muy distinto
pelaje, y se consagran, cuando a algo se consagran, a actividades múltiples.
Sin embargo, ciertos menesteres imponen severas limitaciones a la posible
celebridad. No es incompatible, por ejemplo, ser un filósofo y una celebridad
(casos se han visto), pero es bastante raro, a Dios gracias. Por supuesto que
los aludidos medios de comunicación de masas -que, para seguir el amor a las
siglas que reconcome a mis contemporáneos, abreviaré desde ahora como sigue:
«M.C.M.»- pueden hacer maravillas. ¡Qué de veces han armado celebridades
con materiales muy tenues, y hasta casi sin material ninguno! Con todo, los
M.C.M. no suelen proceder al buen tuntún. Saben que, aunque abrumador, su poder
no es absoluto. Que es más económico husmear el ambiente, saber de antemano
por dónde sopla el viento o dónde van los tiros -todo lo cual recibe el
respetable nombre de «investigación de mercados»- En rigor, la relación
entre los M.C.M. y lo que cabe llamar «el público» es compleja, entre otras
razones porque cada una de estas incógnitas se descompone en un número
considerable de factores, algunos de ellos muy imprevisibles, pero no es el
lugar o la ocasión de desenredar esta madeja. Dejo esta tarea a los sociólogos,
varios de los cuales, como C. Wright Mills, escribieron sobre el asunto cosas
muy dignas de leerse.
Supondré, para simplificar, que, como todos los ejemplares
humanos, incluyendo los poetas, las celebridades no nacen, sino que se hacen -si
se quiere: las hacen- con ciertos «materiales». Éstos varían en el curso
de los tiempos, pero hay dos tipos que parecen singularmente apropiados como
canteras de celebridades posibles: los «políticos» y los «artistas».
Escribo estos nombres entre comillas, porque ni por pienso
pienso que sea muy claro lo que designan. Afortunadamente, no tiene por qué
serlo. La palabra «políticos» puede designar un gran surtido de tipos
humanos. Para llamar a alguien «político» en el amplio sentido que sugiero,
no es necesario desempeñar cargos oficiales; basta ser un hombre público
(digamos «un ser humano público», para incluir a las mujeres sin tener que añadir
el sospechoso adjetivo «público» al nombre) en virtud de consagrarse a
actividades, o de disfrutar de bienes y prebendas, que de alguna manera influyen
sobre, o interfieren en, el bienestar o el malestar de los comunes mortales. Sin
embargo, como los políticos propiamente dichos suelen poseer mayor fuerza
ejecutiva, o representativa, suelen también prestarse más fácilmente a ser
moldeados como celebridades. Ahí están, día tras día, en las páginas de los
periódicos y en las pantallas de los televisores, circundados a menudo de
consejeros, asistentes y compinches que acaban por adquirir, aunque sólo sea
por reflejo, una cierta notoriedad, y que en ocasiones acaban inclusive por
arrebañar una parte muy sustancial de la que normalmente acompaña a los
primeros, con todas las fricciones y sentimientos poco cristianos que tales
transferencias comportan.
La palabra «artistas» es tan vaga, ancha y cómoda como
la palabra «políticos», pero tanto mejor. Montones de gente hay que no son,
en puridad (ni siquiera en impuridad), artistas, pero no hay inconveniente en
prestarles este nombre tan singular como general, porque ejercen, o se supone
que ejercen, o dicen que ejercen, algún «arte» en la acepción originaria de
esta expresión: una actividad que en sí misma no conlleva necesariamente ningún
poder, ni representa grandes intereses u opiniones, pero que es capaz de
encandilar al público, y hasta de crear con ello intereses nada despreciables.
En este anchísimo sentido cabe contar entre los «artistas» inclusive a los
científicos, algunos de los cuales han alcanzado, por su oficio o por razones
ajenas a él, notoriedad extraprofesional. Con todo, el ejercicio de la ciencia,
sin más aditamentos, no se presta mucho a bombos y platillos. Éstos suenan más,
y mejor, cuando acompañan las actividades y, sobre todo, las andanzas de
escritores, pintores, compositores y otros artistas -esta vez, sin comillas- que
pueden llegar a ser verdaderas celebridades, los M.C.M. mediante. Ahora bien, lo
más común es que la celebridad «artística» sea conquistada, y hasta
monopolizada, por los que, a falta de mejor nombre, podemos llamar «ejecutantes»,
desde pianistas hasta modelos, desde actores y actrices hasta cantantes,
solitarios o gregarios, de toda condición y especie.
He prometido que simplificaría, y lo he hecho. Los dos
citados tipos de celebridades posibles no agotan ni mucho menos el repertorio.
Se me ocurren otros tres.
Primero: algunos de los que manipulan, o hacen funcionar
los M.C.M., pueden llegar a ser celebridades, y vaya si pueden. No son tanto los
que manejan el cotarro que, por la cuenta que les tiene, prefieren seguir
agazapados en la proverbial discreta penumbra, como más bien los que agitan el
gallinero y están -condición fundamental- presentes físicamente o, mejor dicho,
semifísicamente, al público, por su voz o por su imagen. Pienso en locutores
de radio y en presentadores de toda laya en la televisión, pero supongo que hay
otros.
Segundo: pueden convertirse en celebridades, por lo general
efímeras (pero muchas lo son, y hasta se barrunta que deben serlo), ciertas
gentes a quienes acontece ejecutar algún acto sorprendente, sublime,
disparatado o desesperado. Muchos son aquí los llamados y pocos los elegidos:
la gran mayoría de los indicados van a parar simplemente a una «Crónica de
sucesos», pero algunos salen a flote y son objeto de intensa, y casi siempre
morbosa, curiosidad pública.
Tercero (y por encima de todo): no sólo pueden convertirse
en celebridades, sino que lo son, diríamos, por derecho propio, ciertos sujetos
que hacen de la celebridad su Oficio, al punto que, estrictamente hablando, son
los que sin ningún género de disputas merecen el nombre de «celebridades».
¡Qué mayor celebridad que ser justa y precisamente una celebridad y nada más
que una celebridad! Ejemplos no faltan. Ahí están, perpetuamente coleando en
los medios de los cuales incansablemente «se habla», gentes de quienes se
hace difícil decir que hacen esto o aquello, porque la verdad es que como hacer
no hacen nada (aunque se zarandeen mucho) salvo estar día y noche a la luz pública:
los más, con premeditación y alevosía, y unos cuantos, que parecen marcados
por el destino, sin ninguna premeditación (bien que con alguna alevosía, no se
vaya a creer), y de modo tan ultrasutil que su grado de celebridad aumenta en la
proporción en que se sustraen a ésta, rehúyen reporteros y mandan al quinto
infierno a los fotógrafos.
Sin embargo, la mayor parte de todas esas celebridades -y
en particular esas tan impuramente puras-, cuyos nombres, rostros, atuendos,
amoríos, destemples y desengaños nos encontramos, como se dice vívidamente,
«en la sopa», no subsisten largo tiempo sin alguna conexión con medios «políticos» o medios «artísticos», de modo que podemos volver a éstos
como casos típicos y, en el sentido platónico de este término, «ejemplares».
Sobre todo los «artísticos», y la porción de ellos que comprende los
titulados «ejecutantes», que da más de sí y que, confesémoslo, resulta más
divertida.
2. Las hacemos nosotros
Sugerí que ser célebre, o famoso, o «muy conocido» y
ser una celebridad no coinciden siempre (diga lo que diga el diccionario); cabe
ser cualquiera de las tres primeras cosas sin ser la última, y viceversa. Por
otro lado, es posible ser célebre, famoso, etc., y ser, por añadidura, una
celebridad, pero entonces es porque hay de por medio algún malentendu.
La distinción propuesta se funda no sólo en una
estipulación semántica, sino también en un casi no disimulado juicio de
valor.
Supongo, para empezar, que hay personas que merecen ser célebres
y no lo son. Es triste (aunque tampoco no tanto), pero así es, ya que mucho
depende del lugar y el momento, de la buena o la mala suerte, etc. Supongo, además,
que si uno llega a ser célebre es en virtud de determinadas cualidades,
acciones o productos -son ellas las que nos interesan, o deberían interesarnos,
en una persona célebre, no los arreos, comadreos y trapicheos que puedan
escoltarlos-. Concluyo en estos casos que se es «justamente célebre», con
todos los más o menos que se quieran.
Las cualidades, acciones o productos en cuestión no tiene por qué ser de nuestro
agrado, y hasta pueden ser «negativos»; no por ello es menos justificada su
posible fama. Pocos entes ha habido tan negativos como Hitler y, sin embargo, siguen siendo memorables y son «justamente»
famosos. Como ser memorable quiere decir ser «digno de memoria», tiene cierto
aire paradójico afirmar que se es digno de memoria por haber sido tan indigno,
pero la paradoja se desvanece cuando se piensa que se puede ser digno en un
sentido e indigno en otro. Es verdad que «digno» significa «que merece
algo», pero, como nos advierte el Diccionario de la Lengua, lo que merece
puede ser «favorable o adverso».
Se puede llegar, y ordinariamente se llega, a ser una celebridad, en cambio, no en virtud
de determinadas cualidades, acciones o productos, buenas o malas, sino a pesar
de ellas o en ausencia de ellas. En el primer caso, la celebridad no es una
extensión, sino más bien una degeneración del ser célebre; es un ser célebre,
diríamos, «por equivocación». En el segundo caso, la celebridad.... bueno ¿por
qué no dejarse de filosofías y presentar la cosa misma; quiero decir, una
versión mejor o peor reconocible de ella?
Imaginemos una celebridad, de la especie de los que oportunamente llamamos «ejecutantes». Se llama, o hace llamar, Ricardo, y es de profesión cantante. La verdad es
que canta bien, y hasta compone algunas de sus canciones. Reconozcamos que se ha
hecho justamente célebre. Es mucho más conocido que el doctor P, que ha
descubierto un remedio muy eficaz contra la esclerosis múltiple, y que el
profesor M, que ha contribuido más que nadie a la comprensión de los
mecanismos complejos del intercambio monetario, pero eso no debiera alarmarnos
ni mucho menos indignarnos. Me parece perfectamente natural que la voz de
Ricardo llegue a muchos más oídos que las del doctor P y el profesor M. Hay
muchas maneras de llegar a ser célebre, y unas son más llamativas que otras.
¿Hay que rasgarse las vestiduras porque Ricardo tiene más prensa, y no digamos
más radio y televisión que todos los doctores y profesores? No seamos «filisteos
de la cultura». ¡Pero si hasta a los doctores y profesores les gusta Ricardo!
Nada más comprensible que si Ricardo da un concierto, el doctor P y el
profesor M se disputen las entradas, mientras que si el doctor P da una
conferencia o el profesor M publica un artículo, Ricardo ni siquiera se entere.
¿A quién se le ocurre pedir peras al olmo? Personalmente, tengo gran respeto
por el doctor P y me admiran (aunque no los comprendo) los sutiles razonamientos
del profesor M, pero cada vez que Ricardo lanza un disco me apresuro a
adquirirlo.
Pero resulta que Ricardo no es sólo justamente famoso por lo que hace, sino que ha dado ese
salto que lo ha convertido en «una celebridad», y aquí empieza el continuo
hablar a tontas y a locas.
Como Ricardo está, literalmente hablando, á la page, su nombre aparece con frecuencia en
los papeles. Éstos se encargan de contarnos un montón de cosas sobre Ricardo,
desde cuándo empezó a cantar en un boliche de mala muerte hasta que lo
descubrió don Manuel, que para esas cosas (y otras) es un lince, y lo lanzó,
con gran refuerzo de propaganda (y, ¿cómo podría haber sido de otro modo en una época en
que ningún paño, bueno o malo, se vende en el arca?), por el camino que lo
condujo a su presente gloria. La historia del descubrimiento de las dotes artísticas
de Ricardo es debidamente embellecida y se pasan por alto todas las notas sórdidas
o ingratas que pudieran empañar la historia de marras, pero como hasta ahora la
mejor y más seria historiografía ha usado de trucos parecidos, no es para
poner el grito en el cielo; de todos modos, se nos sigue hablando de algo que
está vinculado con las cualidades, acciones y productos de Ricardo, sin las
cuales no se habría hecho famoso, aunque don Manuel hubiese echado el resto.
Los papeles, y otros medios sedicentemente informativos, nos bombardean con noticias
relativas a Ricardo; ahora no se trata ya sólo de sus canciones, sino también,
y especialmente, de su vida y milagros. ¡Cuántas cosas no le han pasado a
Ricardo! ¡Y cuántas le siguen pasando! Los detalles se acumulan
vertiginosamente: se ha visto a Ricardo pasear por la playa con la muy traída y
llevada actriz Dorita a las cuatro de la tarde del día tal; el mismo día, a
las cinco, ya estaba corriendo a toda velocidad, al volante de su Ferrari número
dos, con la heredera de los Grandes Almacenes Los Cerros de Úbeda; a
las seis y media perdía medio millón de pesetas en el Casino, y a las ocho
prestaba su firma para un manifiesto en favor de las Fuerzas de Liberación de
Angola. Mientras tanto, Ricardo experimentaba grandes tragedias: se le descubría
un hijo natural, que su desnaturalizada madre se emperraba en guardar para sí,
negándole con ello a Ricardo el cariño filial por el que ha estado suspirando.
Como el público para el cual Ricardo es un ídolo no se cansa de saber cosas
acerca de Ricardo, y como, a pesar de todo, Ricardo no es ni omnipresente, ni
omnipotente, no hay más remedio que valerse de ficciones, que no se distinguen
de los hechos, ni falta que hace, porque a nadie le interesa saber si lo que se
cuenta es real o imaginario: a estas alturas (o bajuras), lo que importa
es que se sigan contando cosas, cuantas más mejor; no es cuestión de ponerse
solemne y preguntar si los chismes son verdaderos o falsos, porque posiblemente
no son ni una cosa ni la otra, y las puertas de la lógica no prevalecerán
contra ellos.
Muy bien: todo eso se halla aún al borde de la tenue línea que separa el ser célebre de ser
una celebridad. Para convertirse en ésta se necesita algo más: que lo que
Ricardo haga, o inclusive lo que se cuente de él, sean simples accidentes de
una sustancia que despierta interés por su mera presencia. El «Ricardo-celebridad» no es el «Ricardo-cantante» ni siquiera el
«Ricardo-conduciendo su Ferrari número dos», sino, simplemente,
Ricardo, punto.
Ricardo, punto, es todo lo contrario de un don Nadie; es un don Todo. Puede hacer, o no
hacer, decir, o no decir, lo que quiera, con la seguridad de que se le prestará
atención. Esto no quiere decir necesariamente que se le llene siempre de
alabanzas; es posible que a veces se le cubra de insultos. Pero aun el insulto
es una forma de atención; a los comunes mortales ni siquiera se nos pone
verdes. Si hacemos tonterías, se quedan en familia. A Ricardo, en cambio, le
puede ocurrir lo que le pasó a Yoko Ono, que es, claro, una celebridad. Yoko (u
Ono) exhibió una serie de obras de arte; una de ellas -y, por cierto, no
la menos original- consistía en una manzana colocada sobre
un pedestal, con el rótulo «manzana». Numerosos cronistas y críticos de arte
consideraron que se trataba de una broma, de una estupidez o de una superchería,
o las tres cosas a un tiempo; uno de los que visitaron la exposición se comió
la manzana (acto inútil, porque se reemplazó inmediatamente con otra).
Resulta, pues, que a Yoko Ono se le pudo tomar el pelo, o pagarle (que es
a lo mejor lo que quería) con la misma moneda. Pero esto no empece
que se siguiera
hablando de ella y de sus escultóricas manzanas. ¿Imagina el lector lo que le
pasaría si él colocara una manzana sobre un pedestal con el rótulo «manzana»? Es fácil
imaginarlo, porque no le pasaría nada. Para empezar, no encontraría sala
disponible, y si la encontrara, o pagara lo suficiente (a menos que pagara mucho
más de lo suficiente), nadie se personaría en ella. Desde luego, no
periodistas, fotógrafos o críticos, los cuales acuden como moscas cuando se
trata de Yoko Ono, de Ricardo o de una «celebridad»
Puede que todo ello tenga una razón. de ser; puede
que las celebridades sean a la vez extremadamente irritantes y
extraordinariamente fascinantes -como lo era para Flaubert, y por motivos
semejantes a los que nos mueven, la estupidez humana- De lo cual, dicho
sea de paso, las celebridades mismas no tienen siempre la culpa -si puede
hablarse aquí de «culpa»-. Por mucho que ciertos sujetos penen por
alcanzar y mantenerse en la celebridad, ésta se la damos, a la postre,
nosotros; los propios M.C.M. fracasarían estrepitosamente si no estuviésemos
tan bien dispuestos a darles crédito y a solazarnos en sus chismes, majaderías
y patrañas. De modo que el fenómeno -puesto que de verdadero «fenómeno» se
trata- de las celebridades, es a la postre una creación nuestra, una especie de virus que nos transmitimos unos a otros, y que los M.C.M. se dedican
tranquilamente -y fructuosamente- a cultivar.
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