|
No hay escasez de ideas sobre el ser humano y su puesto en el cosmos. Cada
cultura, cada época, cada religión, casi cada sistema filosófico posee, o ha
poseído, sus propias ideas acerca de la condición humana. Los hombres (en el
sentido de «los seres humanos» y, por lo tanto, de «las mujeres y los
hombres»;
véase nota 6) se han consagrado con frecuencia a meditar sobre lo que son -y más
a menudo aún sobre lo que no son.
De todos modos, ciertas civilizaciones, comunidades o períodos se han
destacado por su interés antropológico. Los hebreos (cuando menos a partir de
la primera redacción del primer libro del Pentateuco), los griegos (en
particular, desde los sofistas), algunos árabes musulmanes, una legión de
pensadores cristianos, los humanistas del Renacimiento, los filósofos más o
menos «ilustrados», etc., han sido «antropólogos» fervientes.
El interés
por el hombre en los dos o tres pasados siglos, por lo menos entre los
pensadores occidentales, ha sido constante.
Los ejemplos precedentes pueden llevar a pensar que el llamado «problema
antropológico» ha sido hasta ahora un «problema occidental».
Conclusión
infundada. Para empezar, los hebreos de cepa y los árabes no han sido, en
puridad, «occidentales». No todos los griegos se apasionaron, ni siquiera se
interesaron, por el problema del hombre, y muchos se sintieron más atraídos
por el problema de la Naturaleza, del Cosmos, del Mundo.
Una historia de las ideas sobre el «hombre» no coincide, pues,
necesariamente con una de las concepciones antropológicas occidentales, o
siquiera «casi occidentales». Es muy posible que numerosos
«orientales»
hayan sido, en el sentido apuntado, «antropólogos». Por ejemplo, el Tao
Te-king -en la medida en que puede colegirse lo que dice a través de versiones
tan distintas, que no parecen serlo del mismo texto- manifiesta una visión del
hombre y no solamente del universo.
¿Se puede seguir hablando, por tanto, de «la idea» que los hombres
tienen,
o han tenido, del hombre? A decir verdad, es mejor hablar de «imágenes».
Pero
éstas son tantas y tan diversas que no hay más remedio que proceder a una
selección razonable. De las docenas de ideas o imágenes del hombre (una vez
más,
y por todas, el ser humano), elegiré algunas particularmente reveladoras, mejor
o peor conocidas y especialmente aptas para servir de trampolín a una concepción
del hombre que me atrevería a llamar «propia» si no tuviese la sospecha de
que en filosofía la propiedad privada es muy discutible.
He aquí el plan:
1. Esbozar las siguientes ideas (o, una vez más, imágenes) del hombre: a)
El hombre (el ser humano) es una criatura de Dios. b) El hombre es un ser
racional. c) El hombre es una realidad que posee en exclusiva ciertas facultades
o «potencias». De hecho, la última idea es el resumen de una serie,
aún
inacabada, de concepciones antropológicas.
2. Examinar cada una de estas ideas en tanto que modos diversos de responder
a la pregunta «¿Qué es el hombre?» o, más exactamente,
«¿Es el hombre una
realidad distinta (esencialmente distinta) de todas las demás?». Se ha dado a
menudo a esta cuestión el nombre de «la diferencia» (differentia, en
el sentido de differentia specifica) del hombre.
3. Demostrar que ninguna de estas ideas (o de las definiciones que
involucran) da enteramente en el clavo.
4. Tratar de persuadir a algunos de los posibles lectores de que se puede
todavía proponer «otra idea del hombre».
«Dijo Dios: "Hagamos el hombre a nuestra imagen, y a nuestra semejanza,
y que reine sobre los peces del mar, los pájaros del cielo, los ganados, todos
los animales salvajes y todas las bestias reptantes." Dios creó el hombre
a su imagen; a imagen de Dios lo creó; creó el hombre y la mujer. Dios les dio
su bendición y dijo: "Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y
sometedla. Reinad sobre los peces del mar, los pájaros del cielo y todos los
animales que reptan sobre la tierra."» (Génesis, 1, 26-29.)
De estos versículos se desprende una visión: Dios ha creado el hombre de la
nada, como, por otra parte, de la nada ha creado todas las demás cosas. Pero, a
diferencia de éstas, ha hecho el hombre a Su imagen (similar a Dios) y
semejanza (parecido a Dios). Preeminencia que podría llenar al hombre de
satisfacción, y hasta de orgullo, pero que resulta algo embarazosa. El hombre
no ha sido hecho «como las demás criaturas», pero, a despecho de todas las
semejanzas y hasta de todas las imágenes, no es ni mucho menos un dios. Es,
sencillamente, «como un dios» -lo cual es a la vez demasiado y demasiado
poco.
La historia o narrativa del hombre según el Génesis es interesante entre
otras razones porque plantea con bastante claridad «el problema del hombre».
Si éste fuere una criatura «como todas las demás», o si fuese un
dios, no
tendría problemas demasiado graves. En todo caso, no se le plantearía el
problema que consiste en preguntarse «¿Qué soy?», y, en general,
«¿Qué es
el hombre?». Si, por ejemplo, el hombre fuese «sólo» un animal (que
por
descontado, también es), se le plantearían problemas -entre ellos, el
«problema
de subsistir sin apoyos culturales en un universo con frecuencia hostil. Por
otro lado, si fuese un dios, podrían planteársele también
«problemas» -como
el «problema» de conservar el mundo en vez de dejarlo tranquilamente hundirse
en la nada; o el «problema» de tener que poner el oído atento a lo que
podría
decirle una criatura hecha a Su imagen y semejanza, cuando esta desamparada
entidad rogara, o blasfemara, o tratara de demostrar que su Creador existe, o
que no existe, o que lo mismo da que exista o no... Animal o dios, el hombre no
tendría el problema de su propia existencia -que, sea dicho de paso, consiste
en gran parte en preguntarse si es o no realmente un problema.
La historia relatada en el Génesis no es, sin embargo, completamente
satisfactoria para un filósofo, y ello por una razón simple: porque se limita
a mostrar que el hombre es para sí mismo un problema -y, en consecuencia, que
«es distinto»- por haber sido creado como un problema para sí mismo -y, por
tanto, «es distinto». La historia en cuestión es, literalmente,
genética.
Verdadera o falsa, terrenal o mítica, lo que dice, filosóficamente hablando,
es que el hombre es como es porque lo hicieron como lo hicieron.
Pasemos inmediatamente a la idea, imagen o definicíón del hombre en tanto
que «animal racional». Puede considerarse desde dos puntos de vista.
En primer lugar, es una idea bastante «mítica», inclusive si se tiene en
cuenta que, a diferencia de la narración bíblica, posee un carácter
«esencial»
más que genético, -o genealógico. No nos dice cómo el hombre ha
sido hecho,
sino lo que es. No se funda en orígenes, sino en principios. No obstante, sigue
siendo «mítica», porque presupone que hay algo así como «la
Razón».
Afirma entonces que el hombre es hombre sólo por participar de tal
«Razón».
La definición del hombre como «animal racional» presupone (o
postula) la
existencia de un mundo racional o, en términos platónicos,
«inteligible».
En segundo lugar, es una explicación que se funda en una definición nominal
del concepto «hombre». En buena lógica (clásica), decir que el
hombre es un
animal racional es decir que hay una sola realidad que merece el predicado «animal
racional»: el hombre (el ser humano).
Esta definición tiene un aire menos mítico. No por ello, sin embargo, es
menos inaceptable. Para empezar, se presta a varias objeciones.
Echa mano del predicado «es racional», que es bastante
equívoco. «X es
racional» puede equivaler a «X puede leer», «X puede
contar», «X puede
entender qué quiere decir que el hombre sea un animal racional», etc. Es
dudoso que «es racional» posea un solo significado. Además, sería
menester
ver si, aun poseyendo sólo uno, éste no podría aplicarse a un X que no
fuese
un hombre.
Podríamos, claro, atrincherarnos en la tesis de que «es racional» quiere
decir «se comporta racionalmente», de modo que si X se comporta racionalmente,
entonces será un hombre, inclusive cuando su forma no sea la del hombre, sino
la de un insecto o la de una jirafa. Si un ciempiés empieza a caminar de suerte
que el movimiento de las patas sea representable por una estructura
(preferentemente lineal) pertenecientea a un lenguaje que, una vez descifrado
mediante un código, da lugar a la proposición 19 de los Elementos de
Euclides y a la prueba de esta proposición, será razonable preguntarse si tal
ciempiés es realmente «sólo» un animal o, en todo caso, «un
animal no
racional». Si el gorjeo de un gorrión reproduce los 16 primeros compases de la
Sinfonía núm. 86 de Haydn, habrá motivos para reflexionar sobre la
condición
del gorrión. Podría objetarse que, aun produciendo tales portentos, ni el
ciempiés ni el gorrión saben lo que hacen, a diferencia de los matemáticos
y
de los compositores. Bien: supongamos que sabemos que no lo saben. Es obvio que
aun en tal caso la definición del hombre como animal racional resultará
impropia, o insuficiente, y será menester sustituirla por otras -«El hombre es
un ser consciente», «El hombre es un animal racional consciente»,
etc. -más
a tono con las circunstancias, pero no por ello menos problemáticas. En vez de
simplificar las cosas, el predicado «es, consciente» las embrolla.
La definición «El hombre es un animal racional» sitúa el
concepto «hombre»
per genus proximum et differentiam specificam, esto es, de acuerdo con el
género próximo «animal» y la diferencia específica
«racional». En este
sentido, es única e insustituible. La definición (o pseudodefinición)
«El
hombre es un bípedo implume» no pasa de ser una curiosidad semántica.
En
principio, parece como si «El hombre es un bípedo implume» fuese
lógicamente
comparable con «El hombre es un animal racional»; ciertas especies animales
son bípedas, pero muy plumosas, mientras que el hombre no es nada plumoso y
sigue siendo bípedo. Sin embargo, la cosa es demasiado burda. El predicado
«implume»
no es, lógicamente hablando, una «diferencia» más (o menos)
específica que
el predicado «bípedo». Hay bípedos que no son ni humanos ni
plumosos, pero
hay también bestias implumes y bípedas. Ser bípedo es una diferencia tan
(o
tan poco) específica como ser implume. El predicado «racional» no es,
pues, sólo
más halagador que los predicados «bípedo» e
«implume»; es lógicamente el
único aceptable. Por desgracia, o nos dice muy poco sobre lo que es el hombre,
o si nos dice algo no nos indica si se trata verdaderamente del hombre.
La definición «El hombre es un animal racional» no es tan abstracta
como
parece cuando se tiene en cuenta que es una especificación de definiciones del
tipo «El hombre posee F», «El hombre está dotado de F»,
etc., donde «F»
es el nombre de un predicado correspondiente a «cierta facultad», «cierto,
rasgo», «cierto, poder», etc., que el hombre, y sólo él,
usufructúa. Desde
este ángulo, cabe afirmar que la definición del hombre como animal racional
puede ingresar en lo que hemos considerado «la tercera idea del hombre». Por
supuesto que entonces es menester especificarla un poco más. Es lo que hicieron
los filósofos griegos, los cuales no decían «El hombre es un animal
racional»,
«L'homme est un animal rationnel», «Homo est animal
rationalis», sino
«Anthropós lógon ejon». El término
«logos» era para los
griegos menos abstracto que las voces «razón»,
«raison» «ratio»,
etc. «Logos» se ha traducido con frecuencia por «lenguaje».
«El
hombre es un animal racional» puede significar, pues, «El hombre es un animal
dotado de lenguaje» o, más sencillamente, «Sólo el hombre
habla». Ahora
bien, si traducimos «logos» por lenguaje ya no tendremos por qué
postular la existencia de un universo inteligible. Nos bastará considerar el
hombre como «una realidad natural» que posee una facultad harto interesante
-precisamente, la que nos permite hablar de ella. No hay inconveniente en
admitir que esta facultad es consecuencia de la evolución biológica. Pero,
sea o no producto de semejante evolución, el lenguaje no pierde un ápíce
de
sus méritos; al fin y a la postre, hablar no es rugir, ni bramar, ni silbar.
El hecho de la evolución natural no conlleva, pues, necesariamente, ninguna
«falacia
genética» o «genealógica». Si sólo el hombre habla,
decir que el hombre es
un animal hablante no es disparatar, especialmente si se considera que hablar no
es hablar como un loro, sino justamente como un hombre.
Todo eso nos lleva a coniíderar de un modo más general la idea del hombre
como realidad que posee en exclusiva, o que hace funcionar de un modo exclusivo,
ciertas facultades o «potencias». Es la ya aludida «tercera idea» del
hombre.
Esta idea es, de hecho, un grupo de ideas (generalmente elaboradas por filósofos)
que poseen dos rasgos comunes. Primero, aunque apoyadas en hechos, o
considerados tales, y no en una previa concepción metafísica o
pseudometafísica,
aspiran a determinar la naturaleza del hombre en tanto que hombre y desembocan,
por tanto, en «definiciones esenciales». Segundo, son ideas en principio
ajenas a las concepciones llamadas « trascendentes ». Cierto que no pocos
autores a quienes se deben semejantes ideas, o reformulaciones de las mismas,
han abrazado a la vez determinadas creencias religiosas. Sin embargo, las
creencias siguen siendo creencias, y nuestros autores no suelen servirse de
ellas para elaborar sus opiniones filosóficas o antropológicas. En todo caso,
las ideas en cuestión aspiran a tener un fundamento empírico, pero no
dependen, o no dependen totalmente, de descripciones genéticas.
Cada una de estas ideas o maneras de concebir el hombre se ha
expresado mediante alguna fórmula concisa, y a menudo latina. He aquí algunas:
Homo sapiens -el hombre es fundamentalmente un conocedor, no un
«perceptor»
o un ave de presa-; Homo faber -el hombre se distingue de los demás
seres orgánicos, y en particular de los vertebrados superiores, por la invención,
construcción y manejo de instrumentos-; Homo symbolicus -el hombre es la
única realidad capaz de inventar símbolos y sistemas de símbolos, sean
«naturales»,
como los lenguajes corrientes, sean «artificiales», como el lenguaje
matemático-;
Homo universalis -el hombre es el único animal que ha llegado a
ocupar la entera superficie del planeta y que va camino de conquistar el
«universo»-;
Homo pictor -el hombre es el único ser viviente capaz de
«representar»
(y no sólo de «representarse») las realidades.
Cada una de estas fórmulas ha tenido mayor o menor fortuna. La fórmula
Homo
sapiens es casi majestuosa, y hasta hace poco halagadora; próxima a la
definición del hombre como animal racional, se distingue de ésta por su sabor
etnológico y casi antropométrico. La fórmula Homo faber,
moderna y
baconiana, ha gozado de considerable prestigio y todavía se recurre a ella
cuando se quiere -destacar el poder de la técnica. La fórmula Homo
symbolicus, que Cassirer puso en circulación, ha tenido un éxito más
discreto, pero aún se la menciona de vez en cuando; después de todo, si el
hombre no fuese symbolicus no alcanzaría ni siquiera a decir que lo es. La fórmula
Homo universalis es, a despecho de lo que enuncia menos universal que
otras; defendida, entre otros, por Teilhard de Chardin, es simple y sugestiva.
La fórmula Homo pictor es relativamente reciente. Propugnada por un
filósofo,
su modestia no está en relación con su interés, que es mayor de lo que se
podría suponer. Parece muy propio afirmar que el hombre se caracteriza por su
facultad de «representación» que, en cuanto
«representación imaginativa»,
lo independiza de su contorno al tiempo que le hace posible objetivarlo.
Sería interesante analizar en detalle estas fórmulas y ver lo que cada una
puede dar de sí. Algunas van inclusive más allá de lo que sugieren. La idea
del Homo faber, por ejemplo, traducida a términos menos abstractos,
puede dar lugar a la concepción del hombre como el ser fundamentalmente
«trabajador»
que, al transformar el mundo, se transforma a sí mismo, enajenando sus
productos, apropiándoselos, humanizándolos, etc., en una serie dialéctica
cuyos vaivenes nos son ya familiares. La idea del Homo pictor no es sólo
la de un «representador» de realidades, sino también la de un
«liberador».
Y así sucesivamente. Cada una de estas fórmulas nos aclara, pues, algo de la
naturaleza y condición del ser «humano». Cada una es, además,
grosso
modo, verdadera. Pero serlo grosso modo es justamente no serlo subtile modo.
La verdad de la fórmula es siempre parcial y, por tanto, relativa,
especialmente en tanto que aspire a dar una «definición esencial» del
hombre.
Consideremos el sentido más general de cualquiera de estas fórmulas: «
El
hombre es el único ser capaz de ... » Hay buenas razones para concluir que es
capaz de todas las cosas que de él se enuncian. Pero, ¿es cierto que es
realmente «el único que ... »? No sería imposible descubrir en cada
caso algún
otro ser que cumpliera con. algunas de las condiciones requeridas por la fórmula.
En principio, semejante ser podría llevar a cabo, aunque fuese con grandes
penas, varias de las operaciones calificadas, por definición, de
«específicamente
humanas». Por ejemplo, es cierto que el hombre habla y hasta que, a menudo,
habla demasiado: «Il cause, il cause, c'est tout ce qu'il sait faire»,
como repetía el loro de Queneau, reformulando sin saberlo (¿o tal vez lo
sabía?)
la tesis sobre el homo Symbolicus, de Cassirer, si no la del homo loquax,
de que había hablado Bergson. El hombre se halla dotado, pues, de la
«facultad»
del lenguaje. No obstante, de inmediato se nos ocurre que muchos animales -las
abejas, los delfines, etc.- se hallan también dotados de la «facultad» del
lenguaje. Un ejemplo que ha dado mucho que hablar es el de las abejas. No sólo
poseen un «lenguaje», sino (como uno de los discípulos de Von Fritz ha
puesto
de relieve) «lenguajes». El de las abejas austríacas no es exactamente el
mismo que el de las italianas: cada grupo usa su propio «lenguaje» o, si se
quiere, su propio «dialecto». Como sucede con los lenguajes humanos, cada uno
de tales «dialectos» triunfa donde el otro fracasa. Las abejas
«austríacas»
son capaces de informar a sus compañeras de panal sobre la
«dirección», pero
no logran indicar con la precisión apetecible la «distancia». En cambio, las
abejas italianas, muy precisas en materia de «distancia», son vagas, o
caprichosas, en cuestión de «dirección» o de
«orientación». Se podría
objetar -y se ha hecho bastantes veces- que nada de eso tiene gran cosa que ver
con los lenguajes, porque no se trata de sonidos, sino de «pasos de baile».
Pero, aparte del hecho de que la definición del vocablo «lenguaje» no
involucra necesariamente la idea de una producción de sonidos (si así
ocurriera, ni la matemática ni ningún sistema de signos escritos serían
lenguajes), es fácil encontrar, para los aficionados a los sonidos, «lenguajes»
animales más o menos rumorosos: los delfines, los gatos, los tigres y especies
de pájaros innumerables son capaces de llenar muchas cintas magnetofónicas. Se
podría objetar asimismo -y también se ha hecho- que mientras los lenguajes
humanos son «articulados», los «lenguajes» animales no lo son. Pero
el
asunto es un tanto dudoso. Es cierto que los leones no pueden decir (todavía)
«Rujo: por tanto, existo». Pero el león podría
«decirle» (comunicar) a la
leona: «Atención: hay una hiena tras la mata.» Todos los
«sonidos» que
contienen cualesquiera «lenguajes» animales son «articulados» en
tanto por
lo menos que constituyen un sistema y, con ello, una «norma». Si no existiera
ésta, por menguada que fuese, sería mejor que los leones, los delfines, los
gatos y los perros enmudeciesen, porque no se «comprenderían».
No se me escapa que pueda haber, a pesar de todo, diferencias entre los
lenguajes humanos y los «lenguajes» animales -razón por la cual he
empleado
las comillas al referirme a los últimos. Puede, por ejemplo, erigirse una lista
de características comunes a todos los lenguajes humanos y ver si algunas de
ellas pertenecen sólo a éstos, en tanto que otras pertenecen asimismo a los
lenguajes animales. Tal lista ha sido compilada por Charles F. Hockett, el cual
ha puesto de manifiesto que el «desplazamiento» (la posibilidad de hablar
acerca de cosas remotas en el espacio o en el tiempo, o ambos), la «productividad»
(o capacidad de decir cosas que no se habían dicho y seguir siendo entendidas
por quienes las oyen por primera vez) y acaso la «dualidad estructural» (o
pluralidad de significaciones de los mismos sonidos básicos en distintas
permutaciones) son rasgos que no se hallan en «lenguajes» animales -los
cuales, en cambio, poseen características que durante mucho tiempo se habían
considerado como específicamente humanas, tales como la «especialización»
y la «semanticidad». Además, ciertos grupos de características son
propios
de ciertos grupos animales y otros de otros grupos. Ahora bien, estimo que aun
cuando se descubriera que los lenguajes humanos no exhiben algunos rasgos
distintos de los «lenguajes» animales -o, si se quiere, que se pudiera
encontrar en algún grupo animal algún rasgo que se había supuesto
específico
del lenguaje humano en general-, seguiría habiendo una diferencia. Sin embargo,
ésta no consistiría en rasgos, sino en el modo como tales o cuales rasgos
funcionan. Si el lenguaje humano es distinto de los «lenguajes» animales, lo
es porque forma parte de una estructura compleja que, para abreviar llamaré
«cultura».
Pero ello muestra que hablar, expresarse, informar, comunicar, etc., no son por
sí mismas operaciones suficientes para caracterizar al hombre. No se trata, en
suma, de rasgos distintos, o siquiera de un mayor o menor refinamiento en ellos;
se trata en cada caso del modo como se usa el lenguaje. Por ejemplo, el hombre
puede echar mano del lenguaje para discutir si éste es o no una característica
suya, en tanto que las demás especies animales no han llegado a tal extremo. Es
harto improbable que haya, o pueda haber, un grupo -de delfines que silbe de
forma tal que, traducidos los silbidos a uno de nuestros lenguajes, el resultado
sea: «Nosotros, los delfines, somos animales excepcionales, porque la fórmula
delphinus
loquax nos pertenece en exclusiva.»
En consecuencia, la característica del hombre parece ser no tanto la posesión
(o siquiera la constitución) del lenguaje como la posibilidad de plantearse el
problema del mismo. Ahora bien, poder decir algo sobre el lenguaje se halla, en
cierto modo, «fuera de él», o en todo caso en un marco previo: es una
actividad «metacultural».
El mismo tipo de argumentos para demostrar que las fórmulas homo
symbolicus y homo loquax son insuficientes, es aplicable a las demás: homo
faber, homo pictor, etc. Se ha descubierto que ciertos vertebrados
superiores prehumanos -los «homínidas»- «fabricaron»
instrumentos de
piedra, todo lo bastos y toscos que se quiera, pero instrumentos al fin y a la
postre; en todo caso, aprendieron a usar las piedras como instrumentos. Por otro
lado, y respecto a la fórmula homo universalis, conviene no olvidar que
los reptiles invadieron la tierra hace 250 millones de años, y que los
microbios y, por poco que nos descuidemos, los buitres, podrían hacer lo propio
después de una hecatombe nuclear. El único modo de seguir conservando estas
fórmulas,
o por lo menos algunas de ellas, es refinarlas en varios de los sentidos antes
sugeridos, pero entonces dejan de ser las fórmulas que pretendían ser y se
convierten en cosa distinta: en puntos de partida para un análisis
«antropológico-filosófico».
Claro que cuando consideramos estas fórmulas y definiciones en conjunto -y
no digamos cuando las refinamos al máximo- aumentan las posibilidades de
alcanzar una caracterización más aceptable del «ser humano».
Puede muy bien
ocurrir que los reptiles no hayan usado jamás ningún lenguaje, que los tigres
no se apoderen jamás del planeta, y que las abejas, cosechadoras de grandes éxitos
como «bailarinas hablantes», resulten un fracaso deplorable como
«pintoras».
Es, pues, tentador concluir que puede resolverse nuestro problema agregando una
sola letra a la palabra differentia; en vez de hablar de la differentia
(de la differentia specifica), podríamos hablar de las differentiae,
o «diferencias» del hombre, y aquí acabaría la historia.
Resistiré a la tentación y ello por una razón muy simple: he discutido
los
modos como puede definirse el hombre, pero la cuestión es si verdaderamente
puede «definirse».
Al llegar a este punto se apilan las dificultades. Para ser razonablemente
claros habría que ser insoportablemente prolijos. Me limitaré a unos cuantos
esbozos, sin prueba suficiente.
1. Comenzaré por recordar que el hombre es una persona sin por ello dejar de
ser una realidad natural. Una persona no es «aquello que», sino más bien
«aquel
que». En este sentido, cabe sostener (sin dar a esta afirmación un
excesivo alcance «metafísico») que el hombre no es «una
cosa». En alguna
medida, el hombre se parece más bien a «cosas» tales como las costumbres,
las
instituciones políticas o los sistemas filosóficos, por lo menos en cuanto que
no hay, por ejemplo, «algo» que sea una costumbre, y sólo in modo
obliquo
decimos que las costumbres «son». Sin embargo, podemos seguir diciendo, sin
que nos remuerda la conciencia -o se nos haga incómoda la gramática- que
éstas
son costumbres, y también que las costumbres son lo que son.
2. La tesis sugerida se halla incorporada en ciertos lenguajes. Si llaman a
la puerta, no diremos «Debe de ser algo» -aunque también
«algo», por
ejemplo una ráfaga de viento, puede producir el sonido, o el ruido, que
usualmente asociamos con «golpes a una puerta». Por otro lado, una costumbre,
una institución política o un sistem a filosófico no suelen Ilamar a las
puertas, si no es muy metafóricamente. Lo que diremos, pues, al oír la llamada
es «Debe de ser alguien». Y «es alguien» quiere decir «es
él» o «ella»,
no «esto» o «aquello». No sólo: él, sino,
además, «él mismo». Por
cierto que un tigre es también «él mismo». ¿Qué va a
ser si no? Es un
tigre, no una oveja o una mosca. En el caso del hombre, sin embargo, «ser él
mismo» tiene un sentido más reflexivo que en el del tigre. De hecho, «ser
él
mismo» equivale a «ser sí mismo». En todo caso, no equivale al
hecho de que
una cosa, sea lo que fuere, sea simplemente «lo que es».
El párrafo antecedente tiene un aire laberíntico. Por si fuera poco, tiene
también un aspecto paradójico. Reconozco que «ser él
mismo» (y hasta «ser
sí m ismo») quiere decir también «ser (una realidad) aquello que
es». No
obstante, mientras para una realidad cualquiera, con excepción del hombre, ser
aquello que es significa ni más ni menos que es lo que es, para el hombre
significa que tiene la posibilidad de no ser sí mismo, de estar «enajenado» o
«alienado».
3. Los tres párrafos anteriores son muy especulativos y (para mi gusto
actual) demasiado «existenciales». Los siguientes se hallan (espero)
impregnados de sentido común.
Quiero dejar bien claro que al hablar del hombre como de un «alguien», de
un «ser él mismo» (que a veces no es él mismo), etc., no hablo de
ninguna
realidad misteriosa e insondable. Hablo de realidades que estamos todos de
acuerdo en considerar como humanas: el lector, sus amigos y amigas, sus
parientes, etc. No hablo de libélulas, alcachofas, o siquiera chimpancés. La
razón de esta propuesta de limitar los hombres a una especie de «club
humano»,
con derecho de admisión automático, es muy simple: contrariamente a lo que han
pensado (o acaso esperado) algunos filósofos, no creo que la realidad humana
sea independiente de la realidad física, biológica, fisiológica, y
psicofisiológica llamada «hombre». Desde este punto de vista, el hombre no
es, o no es sólo, «razón», «lenguaje»,
«repertorio de técnicas», etc.,
sino también, y para empezar, una realidad biológica. Un ser humano es un
cuerpo orgánico. En este sentido, el hombre es una realidad natural
independientemente de su origen -criatura de Dios, organismo producido en el
curso de la evolución biológica, por diferenciación y
especialización, etc.,
todo lo cual es cuestión de orden genético, importantísima, pero que por
el
momento no nos incumbre gran cosa.
Se ha rumiado con frecuencia que si el hombre es «una realidad natural» ha
menester, para ser realmente hombre, de una especie de «suplemento», de una
«realidad
suplementaria» calificada de diversos modos: «alma», «facultad de
pensar»,
o de hablar, contar, votar, etc. No lo creo así. Si se me insistiera en que
sigue siendo necesario un «suplemento», respondería que se halla en su
modo
de existir en tanto que realidad orgánica. Dicho de otra forma, y como he
tratado de aclarar en la obra citada en nota, el hombre es un modo de ser y de
vivir el propio cuerpo. El hombre es «un modo de ser su cuerpo».
Cierto que un tigre es también un modo de ser un cuerpo. Y una golondrina, y
una salamandra, y así sucesivamente. Con todo, hay maneras muy distintas de «ser
un cuerpo». La diferencia -la auténtica y trivial differentia que se
busca para caracterizar al hombre- es que el modo en que el hombre es su propio.
cuerpo es distinto de otros. Mientras todas las demás realidades son aquello
que son, o si se quiere aquello que llegan a ser, el hombre no es el que es: es
«sí mismo» en el sentido de que puede dejar de serlo... sin dejar de serlo.
El lenguaje expresa esta situación por medio de la diferencia entre «ser
alguien» y «ser algo».
«Una manera de ser el cuerpo» es sólo una fórmula. Es
menester darle
sentido -tarea larga, que me limitaré a encentar.
Un modo muy concreto de dar un sentido a la fórmula «el hombre es una
manera de ser el cuerpo» consiste en describir la relación entre el hombre y
su medio. Esta relación no se da de una sola vez y por completo; es resultado
de una larga ringlera de cambios orgánicos en el hombre (o en el que ha llegado
a ser tal). La manera de ser «una realidad natural» tiene, pues, una
influencia decisiva sobre el modo de concebir, y hasta de «representar» (o, «representarse») al hombre.
Con frecuencia se dice que nada se opone a que ciertas máquinas, y
especialmente ciertos ordenadores, puedan llevar a cabo operaciones normalmente
reservadas a los hombres, y con mayor celeridad y seguridad que éstos. Tal
sucede con máquinas que «aprenden», «memorizan»,
«seleccionan», «juzgan»
y hasta «inventan». Tal sucedería sobre todo con máquinas dotadas
de
dispositivos que les permitieran «reproducirse» y «engendrar» otras
especies
de máquinas en el curso de una «evolución» tan maravillosa como
alucinante.
En algunos casos se trata de hechos contantes y sonantes. En otros no se sabe
(aún) si se trata de esquemas realizables o de meras fantasías. Supongamos que
nada sea imposible, y que se puedan construir maquinalmente hombres. He aquí,
se dirá, nuestra máquina-hombre. ¿En qué se distinguirá de
un hombre? En
nada. Pues entonces no habremos «obtenido» una máquina, o una supuesta
máquina-hombre,
sino un hombre. El plan de la máquina y el del hombre coincidirán en todos sus
puntos.
Un hombre no es una entidad a la cual se vayan sobreponiendo características,
facultades, operaciones, etc., con el fin de convertirla en una «sustancia
pensante», en una «cosa» capaz de «pensar»,
«dudar», «imaginar», «creer»,
«cantar», «pintar», «volverse loco», etc. Un
chimpancé que alcanzara a
cobrar conciencia de su propia realidad, y que dijera, por ejemplo, «Pienso,
luego existo» -o, acaso más sutil y «humanamente»: «Pienso,
luego existo,
¡vaya despropósito filosófico!»-, sería un contrasentido. No
sería ya un
chimpancé, sino un hombre. Y a tal efecto poseería, o habría logrado
poseer,
el organismo y la «forma» de un hombre. A la inversa: un hombre a quien se
desposeyera de características «naturalmente» consideradas
«humanas» no «descendería»
a la categoría de chimpancé: seguiría siendo un hombre hecho y derecho.
No se
pasa de ser no hombre a hombre por añadiduras, ni de hombre a no hombre por
eliminaciones o defectos. Las añadiduras no serán humanas y los defectos no
serán no humanos. Todo lo que hace que un hombre sea hombre será
indefectiblemente humano y no infrahumano o prehumano. Se me puede objetar que
todo eso es trivial, porque no hay duda de que si se dan las «condiciones» A,
B, C, etc., para «constituir» a un hombre, lo que se obtendrá será
efectivamente un hombre. Pero ahí está la cosa. Será un hombre, y no un
chimpancé, un delfín, una abeja o un ordenador, capaz de
«sustituir», como
se dice a veces, al hombre.
Por tanto, no es cierto que cualquier «sustancia» o «estructura»
podrían
ser, en principio, un hombre; sólo pueden serlo la «sustancia» o la
«estructura»
humanas. Las cuales no son ninguna realidad recóndita, sino el propio hombre,
con su cuerpo, su sistema nervioso, sus sentidos, etc., que no son propiedades o
características, sino la realidad humana en su integridad. Por eso las fallas,
los defectos y las «amputaciones» que pueda sufrir, las sufre en cuanto
hombre. Un hombre con un corazón artificial es tan hombre como uno con un
corazón
«natural»; lo «artificial» en el hombre es, en efecto, artificialmente
humano.
La relación entre el hombre y su medio es, por consiguiente, función del
modo de ser el cuerpo que constituye al hombre. Gracias a ello, el hombre es
capaz de ejecutar dos operaciones que parecen antagónicas, pero que son más
bien complementarias.
Por un lado, puede vivir, como ha escrito un antropólogo, el profesor
Eiseley, «en parte al menos, en el interior del secreto de sus creaciones» al
tiempo que es capaz de «participar con otros hombres en este secreto
universo».
El hombre se sustrae, o puede sustraerse, a su medio para crearse un medio
propio. Tal «medio propio» ha recibido diversos nombres, uno de los cuales
es
tan debatible como inevitable: «la cultura». Se trata de un medio que sigue
una ley propia: la historia. De ahí la definición a menudo propuesta del
hombre como «animal (o ser) histórico» -definición aceptable, pero
incompleta.
Por otro lado, el hombre puede también, por así decirlo,
«objetivar» el
mundo. Por tanto, es capaz de considerar el mundo no (o no sólo) como un
«medio»,
como una estructura a la cual tenga que adaptarse en tanto que miembro de una
especie orgánica, sino también como una realidad objetiva que se esfuerza por
comprender tal cual es, séale o no provechosa, y hágale o no feliz. Este medio
«objetivo», que ya no es, en sentido estricto, un medio -que no es ya «un
mundo», sino sencillamente «el mundo»-, posee el mismo nombre anterior:
«la
cultura», que sigue idéntico esquema, esto es, la historia.
Se dirá que el mundo tal como es dado en una trama cultural no, es el mundo
tout court, sino una interpretación del mundo. De acuerdo si con ello se quiere
poner de manifiesto que el concepto de «mundo» es una interpretación, esto
es, que resulta de un modo de ver y comprender la realidad. Menos si con ello se
pretende insinuar que así se echa por la borda toda objetividad. La realidad
llamada «mundo» es una objetivación del medio, gracias a la cual
éste
aparece (o se procura que aparezca) como lo que es y no como puede convenir que
sea.
A la postre, hay mucho de cierto en la idea de que el hombre es «una
realidad cultural» doblada de «realidad histórica», siempre que se
tengan
presentes los dos siguientes factores. Uno, que la realidad cultural e histórica
del hombre no disminuye su realidad natural, porque el hombre es «naturalmente»
un cuerpo o, como propuse, «una manera de ser el cuerpo». Ello nos abre
interesantes perspectivas. Nos permite, por ejemplo, responder abiertamente a
quienes reclaman no sólo una antropología del hombre, sino también una
de los
sexos humanos, diciendo que la razón les sobra: «ser hombre» quiere decir
«ser
hombre o ser mujer» (lo que incluye, dicho sea de paso, la llamada
«transexualidad»
o aspiración, a veces cumplida, a cambiar de sexo). El sexo no es un accidente
en una especie de «sustancia humana»: las propias ambigüedades y
alteraciones
sexuales pertenecen a tal «sustancia». En todo caso, la relación entre seres
humanos es en gran medida relación entre sexos. Por desgracia, no puedo
embarcarme ahora en este mar borrascoso. Me limitaré a asegurar al lector que
«la idea del hombre» aquí propuesta -o que puede desprenderse de lo dicho-
tiene en cuenta tal hecho básico. El ser humano en tanto que «ser sexuado»
(y
no solamente «sexual»), así como las relaciones entre «ser un
hombre» y «ser
una mujer», no son realidades ajenas a la idea del hombre como «manera de ser
un cuerpo». Tales relaciones entre sexos -que incluyen, bien que no agotan, las
relaciones «estrictamente sexuales»- podrán ser consideradas, desde este
punto de vista, como relaciones entre maneras de ser los cuerpos.
El otro factor es que la realidad cultural e histórica del hombre se
manifiesta en el contexto de un «ser alguien» o de un «ser sí
mismo», que no impiden, por supuesto, las fallas en la autoidentificación y los
problemas de la doble personalidad; tanto la identificación de sí mismo como el
desdoblamiento remiten a «alguien», no a «algo». Este
«alguien» no es una especie de «núcleo» del hombre distinto
de su «carne y hueso», porque es justamente tal «carne y hueso» en
tanto que «alguien». Si se insiste en un «alma» y en un cuerpo,
habrá que hacerlo un poco al modo de la frase de Aristóteles: «El alma es
al cuerpo como la vista es al ojo.»
|