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CONTINUO
CONTINUO.Según Aristóteles, algo
es sucesivo, de algo cuando se halla después de él en algún
respecto sin que haya nada más en medio de la misma clase (Phys., V 3, 226 b
34-227 a 1). Cuando se trata de cosas, el hecho de estar una sucediendo a la otra produce la
contigüidad, el ser contiguo,  o contacto. Dos cosas están en contacto
cuando sus límites exteriores coinciden en el mismo lugar. Cuando hay contacto, hay
contigüidad, pero no a la inversa (como sucede con los números, que son
contiguos, pero no se hallan en contacto). La contigüidad es una especie de la que la
continuidad es un género. «Los extremos de cosas pueden estar juntos sin
necesariamente ser uno, pero no pueden ser uno sin estar necesariamente juntos»
(ibid., 227 a 22-24). Dos cosas son continuas cuando sus límites son
idénticos, a diferencia de dos cosas contiguas, cuyos límites
están juntos. En otro lugar (Met., 1069 a 1-2) Aristóteles define lo
continuo,  como aquella magnitud cuyas partes están unidas en un todo por
límites comunes. Aristóteles distingue entre varios conceptos: el ser sucesivo,
el ser continuo,  el ser contiguo, el hecho de tocarse, pero al
mismo tiempo intenta examinar qué relaciones existen entre tales conceptos. Muchos
escolásticos que se inspiraron en Aristóteles, y en particular Santo Tomás,
estudiaron asimismo estos conceptos con la intención de analizar su significado y los
diversos modos de su significado (así, por ejemplo, al estudiar el concepto de contacto,
contactus, Santo Tomás lo divide en corporal o corpóreo y espiritual, en
contacto cuantitativo y contacto virtual, etc.). Analizar la historia de todos y cada uno de estos
conceptos sería tarea larga. Además, uno de estos conceptos —el de contacto— ha
experimentado numerosas vicisitudes en el curso de la época moderna, cuando
científicos y filósofos se ocuparon del problema de cómo es posible, o de
si es posible, la producción de efectos en los cuerpos sin contacto, del problema de si
puede concebirse una «acción a distancia». Nos limitaremos a bosquejar una
historia de lo que podría llamarse el debate entre los «continuistas» y los
«discontinuistas», es decir, entre quienes consideran que la realidad —la realidad
física primariamente pero también toda realidad como tal— es continua o
discontinua. En el curso de este debate se han dado, además, numerosas opiniones sobre
la naturaleza de la continuidad.
Ya en la filosofía antigua el problema del continuo (o de lo continuo) fue uno de los
problemas filosóficos capitales; en efecto, estaba esencialmente vinculado al problema de
la comprensión racional de lo real, y especialmente de «lo lleno»
(véase ESPACIO) y por este motivo presentó ya desde los comienzos de la
reflexión filosófica algunas graves, aporías (VÉASE). Las
más conocidas son las expresadas en las paradojas de Zenón de Elea: la infinita
divisibilidad del espacio requiere la anulación del movimiento y de la extensión.
Demócrito intentó hallar una solución postulando la existencia de entes
indivisibles, donde la racionalidad no penetraba: eran islas irreductibles, rodeadas de
discontinuidades y conteniendo en sí mismas, absolutamente compacta y por ello
indivisible, una continuidad. La solución de Aristóteles es célebre: consiste
en mediar en esta dificultad por medio de las nociones de la potencia y del acto, las cuales
solucionan el problema al permitir que un ser pueda ser divisible en potencia e indivisible en acto
sin tener que afirmar unívocamente su absoluta divisibilidad o indivisibilidad. Sin embargo,
puede decirse que, con excepción de Demócrito y de algunas direcciones
«pluralistas», el pensamiento antiguo se inclina casi enteramente hacia la
afirmación de lo continuo. Tanto los neoplatónicos como los estoicos
coincidían en este punto, aun cuando difirieran en el modo como entendían la
continuidad. Los neoplatónicos entendían, en efecto, la continuidad
metafísicamente, como algo fundado en la tensión infinita de lo Uno, del cual
emanan («continuamente») las demás realidades. Los estoicos
entendían la continuidad físicamente: para ellos, el universo es, como lo ha
indicado S. Sambursky, «un continuo dinámico», en el cual no hay hiatos o
vacíos de ninguna especie, excepto el vacío que rodea a dicho continuo.
También se inclinaba en favor de lo continuo el pensamiento medieval, aunque en
éste se insertan concepciones que tienden a una especie de discontinuismo de tipo
dinámico. Pues en ningún momento puede prescindirse, al atacarse el problema
del continuo, de la cuestión de las partes. La definición aristotélica
la menciona explícitamente. Lo mismo ocurre en la definición de Santo
Tomás, quien señala que es continuo el ente en el cual están contenidas
muchas partes en una, y se mantienen simultáneamente. Sin embargo, ya desde antiguo se
barruntaba que el problema de lo continuo ofrecía un aspecto distinto según se
aplicase a la materia o al espíritu. Y lo que ofrecía, desde luego, dificultad era la
continuidad primera, pues debido a la perfecta simplicidad atribuida a lo espiritual, se
podía suponer que éste era la extrema concentración de toda continuidad.
En el caso de la materia, en cambio, la dificultad subió de punto cuando en la
época moderna se replantearon todas las cuestiones de fondo acerca de su
constitución. Descartes sostenía una concepción de la materia continua y
la identificaba con el espacio. Sin embargo, ello no significaba negar un dinamismo en el fondo de
lo material, dinamismo manifestado en la elasticidad. La física cartesiana y la
teoría de los «torbellinos» se hallan estrechamente vinculadas con el
problema de la continuidad y son uno de los intentos de solucionarlo. Más fundamental
todavía es la idea de la continuidad en Leibniz, quien convierte lo que llama el
principio de continuidad o también la ley de continuidad en uno de los
principios o leyes fundamentales del universo. Esta ley de continuidad exige que «cuando
las determinaciones esenciales de un ser se aproximan a las de otro, todas las propiedades del
primero deben en consecuencia aproximarse asimismo a las del segundo» (Opuscules et
fragments inédits, ed. Couturat, 1903, pág. 108; de una Carta a Varignon,
1702). La ley en cuestión permite comprender que las diferencias que observamos entre
dos seres (por ejemplo, entre la semilla y el fruto, o entre diversas formas geométricas,
tales como la parábola, la elipse y la hipérbola) son diferencias puramente
externas. En efecto, tan pronto como descubrimos clases de seres intermediarias que se
introducen entre las dos diferencias, advertimos que podemos ir «llenando» los
aparentes vacíos, de tal suerte que llega un momento en que vemos con perfecta claridad
que un ser lleva continuamente al otro. Los ejemplos de esta continuidad son,
según Leibniz, numerosos: no solamente en las figuras geométricas, sino
también en la Naturaleza. Todo está ligado en la realidad de un modo continuo,
porque todo está «lleno» (y a la inversa). El principio de continuidad (o ley
de continuidad) está perfectamente acordado con el principio de plenitud. Ambos
dependen, por lo demás, del principio de razón suficiente. Cuando se niega este
último principio se hallan en el universo «hiatos» y discontinuidades. Pero
estos «hiatos» y discontinuidades no pueden entonces explicarse, a menos que se
haga por medio de milagros o por el puro azar. El principio de continuidad garantiza el orden y la
regularidad en la Naturaleza, y es a la vez la expresión de tal orden y regularidad. El
poder de la matemática radica en el hecho de que es capaz de expresar la continuidad de
la Naturaleza; la Geometría es la ciencia de lo continuo, y «para que haya
regularidad y orden en la Naturaleza, lo físico debe estar en constante armonía
con lo geométrico» (loc. cit.). Todo está ligado, todo es continuo,
todo está «lleno» (cfr. Principes de la nature et de la grâce,
§ 3; Monadologie, § 54; Nouveau système, § 11 et
al.). Pero Leibniz no se limitó a reiterar la idea de continuidad, sino que
indicó que puede descubrirse la ley de lo continuo. Del mismo modo que se puede
expresar algebraicamente la ley de una curva, por complicada que ésta sea, puede
también descubrirse mediante leyes la continuidad en la Naturaleza. Y, en último
término, podría descubrirse una ley que sería la ley de la realidad entera y
que por el momento solamente podemos expresar señalando su existencia en el principio
universal de continuidad. Esta idea no ha sido, sin embargo, aceptada por todos los
filósofos; muchos han estimado que parece imposible escapar a las antinomias que
Zenón de Elea puso de relieve por vez primera. Así, Kant ha tratado el problema
de lo continuo dentro de la segunda antinomia (VÉASE). La tesis afirma la imposibilidad
de una divisibilidad infinita, pues de lo contrario el ser se disolvería en una nada. La
antítesis sostiene la infinita divisibilidad de una parte dada, pues de lo contrario no
habría extensión. Ahora bien, la antinomia se debe según Kant, a que en la
tesis el espacio es considerado como algo en sí, y en la antítesis como algo
fenoménico. Con ello parece haberse descubierto la raíz de la dificultad. Pero, a la
vez, la solución se basa en un supuesto que no es forzoso aceptar ni siquiera es plausible:
la división de lo «real» en fenómeno y nóumeno. Suprimido
el supuesto, el problema tradicional vuelve a introducirse. En vista de ello, algunos pensadores
han considerado o que no tiene solución o que solamente la tiene adoptando —o por
convención o por convicción— alguna posición metafísica
última. Esta posición puede consistir o en hacer de la continuidad el producto de
una yuxtaposición de discontinuidades, o en considerar la discontinuidad como un corte
en la continuidad (si se quiere, como un momento de «degradación», de
«descenso» de una simplicidad originaria, de tal suerte que espacio y tiempo
serán algo «engendrado» por la distensión de un ser absolutamente
tenso, continuo e impenetrable). Tales posiciones son —explícita o implícitamente-
bastante frecuentes en los metafísicos que han intentado dar una solución al
problema; resulta sospechoso, sin embargo, que la primera posición se base en la simple
«afirmación» de que hay entidades discretas y en la metáfora de la
yuxtaposición, y la segunda se edifique sobre la simple «afirmación»
de que hay una —o varias— entidades simples y en la metáfora de la
«distensión».
Aunque es difícil separar el problema filosófico del continuo de los problemas
que plantea la noción de continuidad en la física y en la matemática, nos
referiremos ahora más especialmente a esta última noción, que ha sido
muy insistentemente dilucidada por físicos y matemáticos durante los
últimos siglos.
Consideremos ante todo la física. Hay en esta ciencia una noción —la
noción de campo— que supone la idea de continuidad pues no se trata de explicar
un fenómeno por la acción de partículas, sino por la estructura total de un
conjunto físico. Esta noción no es una novedad en la física
contemporánea. Estaba ya latente en la llamada física clásica a partir del
siglo XVII a consecuencia de la tesis de la «acción a distancia». Pero como
constituía una especie de «cuerpo extraño» dentro de la física
y, además, algo inexplicable, se consideró que llegaría un día en
que podría ser arrumbada. No ocurrió así. Por el contrario, la
teoría electromagnética de Maxwell precisó la noción de
referencia en la cual se insertaron luego las concepciones relativas a las radiaciones, que
aparecieron como perturbaciones del campo electromagnético. Tales concepciones
chocaron con el discontinuismo atomista. Se reprodujeron así, pero agudizadas,
cuestiones que se habían planteado anteriormente en el problema de la naturaleza
-ondulatoria o corpuscular— de la luz. En vista de ello las concepciones continuistas y
discontinuistas chocaron entre sí con gran frecuencia. Durante algunos instantes
pareció triunfar el continuismo: las físicas cualitativistas y continuistas de Mach,
Ostwald y (en parte) Duhem realizaron en este sentido un gran esfuerzo. Luego —sobre todo con
la teoría de los cuantos— pareció imponerse el discontinuismo. Y buena parte del
trabajo en la física durante los últimos treinta años puede ser estudiado
desde el punto de vista de la oposición —y esfuerzos de conciliación— de las dos
concepciones. Así, por ejemplo, la mecánica ondulatoria mostró la
posibilidad de unir las nociones de campo y de partícula en la noción de la
onda-corpúsculo (partícula a la cual está asociado un campo ondulatorio).
Esto no significa, ciertamente, que haya diferencias entre la onda y el corpúsculo; de
hecho ocurre sólo que cada uno obedece a una estadística diferente (las ondas, a
la estadística Bose-Einstein; los corpúsculos elementales, a la estadística
Fermi-Dirac). Se dirá que las mencionadas nociones tienen poco que ver con lo que los
filósofos entienden por continuidad y discontinuidad y, por consiguiente, que no es
legítimo trasplantar a los físicos las preocupaciones que solamente son propias de
los filósofos. Sin embargo, no es éste el caso. Aunque los físicos
están poco inclinados a plantear tales problemas en los mismos términos usados
por los filósofos y se resisten a una interpretación precipitada de los resultados de
su ciencia, lo cierto es que buscan ciertas soluciones que pueden inscribirse en la cuenta
de alguna de las concepciones mencionadas o en la síntesis de ellas. Podemos mencionar a
este respecto la proposición de Heisenberg de una «longitud
mínima», de la cual todas las longitudes serían múltiplos, lo que
equivaldría a reconocer la posibilidad de «dividir» la longitud en cantidades
discretas. Podemos señalar, asimismo, el hecho de que Louis de Broglie ha insistido en que
no sólo todo fenómeno macroscópico observable corresponde a un
número enorme de transiciones cuánticas elementales, sino que esto muestra hasta
qué punto las dificultades y antinomias suscitadas por el problema de la divisibilidad
infinita de un segmento de espacio o de tiempo y, de consiguiente, toda la cuestión del
«laberinto del continuo» se desvanece o atenúa en la escala
microfísica. (Observemos, empero, que L. de Broglie propuso en 1956 la teoría
según la cual corpúsculos y cuantos de energía pueden ser considerados
como deformaciones ondulatorias de un campo único: el espacio.) Es cierto que la
última fórmula einsteiniana (que no es todavía susceptible de
comprobación física) para la unificación de la luz, el magnetismo, la
radiación y la gravitación en un «continuo» puede poner en tela de
juicio la entera teoría de los cuantos (a causa del carácter no discreto de la
gravitación). Pero no hace mucho tiempo que J. Schwinger presentó un sistema
de ecuaciones del cual parece poder deducirse la «existencia» de
«partículas mínimas de espacio-tiempo» de las cuales todos los
«segmentos espacio-temporales» serían múltiplos. En suma, aunque
el físico, y en ocasiones el filósofo, se resistan a interpretaciones demasiado
intuitivas y, por ende, peligrosas de las teorías de la física (VÉASE), y se
afirme que, en ausencia de una representación intuitiva, no se puede decir que haya un
giro hacia el continuismo o hacia el discontinuismo en dicha ciencia, no se puede evitar dar una
interpretación a ciertas soluciones. Y aun si adoptamos para el presente problema
el principio de complementaridad (VÉASE) y hacemos de la continuidad y de la
discontinuidad algo así como «conceptos-límites», estos conceptos
siguen operando si se quiere que posean alguna significación y, por lo tanto, no son
enteramente eliminables.
El problema de la continuidad en matemáticas se planteó con las antinomias o
paradojas de Zenón de Elea. Proclo consideró que un número dado es
como un «corte» en la «compacta espesura» del continuo de los
números reales. El «corte» en tal continuo es comparable al
«corte» de una línea por otra. Las dificultades que plantea dilucidar la
noción de continuo en matemáticas llevaron a Leibniz a hablar del
«laberinto del continuo». Sin embargo, ha sido frecuente hablar de la
matemática —especialmente al considerarse la serie de números reales o los puntos
en una línea— como «el reino de lo continuo». La vaga idea
filosófico-matemática de continuidad experimentó, según ciertos
autores, un vuelco cuando Weierstrass descubrió la existencia de funciones discontinuas y
de funciones continuas sin derivadas.
La noción de continuo se ha usado en matemáticas especialmente dentro de la
teoría de los conjuntos cantorianos, cuando se ha planteado el llamado «problema
del continuo». Tratamos del mismo en el artículo CONTINUO
(HIPÓTESIS DEL).
La noción de continuo en varios autores: G. Schilling, Aristotelis de continuo
doctrina, 1840 (tesis). —Aldo Masullo, La problematica del continuo nel pensiero di
Zenone di Elea e di Aristotele, 1955. —Maurice Clavelin, «Le problème du
continu et les paradoxes de l'infini chez Galilée», Thalès (1959),
1-26. —D. Furley, J. Murdoch et al., Infinity and Continuity in Ancient and Medieval
Thought, 1982, ed. N. Kretzmann. —R. Sorabji, Time, Creation, and the Continuum:
Theories in Antiquity and the Early Middle Ages, 1983.
La noción de continuidad, en matemáticas y en física, ha sido tratada
en: L. Couturat, «Sur la définition du continu», Revue de
Métaphysique et de Morale, 8 (1900), 157-158. —E. V. Huntington, «The
Continuum as a Type of Order», Ann. of Mathematics (1905). —E. B. Wilson,
«Logic and the Continuum», American Mathematical Society Bulletin, 14
(1908). —Hermann Weyl, Das Kontinuum. Kritische Untersuchungen über die
Grundlagen der Analysis, 1918, reimp. en el vol. Das Kontinuum, 1962, con otros
trabajos de F. Landau, B. Riemann et al. —Íd., íd., Philosophie der
Mathematik und Naturwissenschaft, 1927 (trad. ingl., ampliada por el autor: Philosophy
of Mathematics and Natural Science, 1959). —Varios autores, «Concepts of
Continuity», Proceedings of the Aristotelian Society, Supl. vol. 6 (1924). —H.
Buchholz, «Das Problem der Kontinuität. Die Unmöglichkeit absoluter
metrischer Präzision», Grundfragen der Philosophie, Heft 1, 1927. —F.
Warrain, Quantité, infini, continu, 1928. —L. de Broglie, Continu et
discontinu, 1941. —Jean Cavaillès, Transfini et continu, 1947. —R. Carnap,
The Continuum of Inductive Methods, 1952. —J. E. Murdoch, E. A. Synan, «Two
Questions on the Continuum», Franciscan Studies, 26 (1966). —F. Brentano,
Philosophische Untersuchungen zu Raum, Zeit und Kontinuum, 1976.
Para el «problema del continuo», véase bibliografía en
CONTINUO (HIPÓTESIS DEL).
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