“La claridad del filósofo”
Acaban de darle el premio «Príncipe de Asturias» y su nombre
sonó el año pasado en la lista de aspirantes al «Cervantes», es autor
de un «Diccionario de Filosofía» de más de 4.000 páginas, y
ha escrito dos libros de relatos: Claudia, mi Claudia y Voltaire en Nueva York. Pero, a
pesar de eso, no es un personaje muy conocido.
José Ferrater Mora, 73 años, casi cuarenta pasados fuera de
España, dijo el día que le entregaban el «Príncipe de
Asturias», en Oviedo, que su ideal para España sería que algún
día alguna gran autoridad del país —lo decía delante de los Reyes y del
príncipe Felipe— le escribiera una carta diciendo: «Mon chér
maitre.»
Se refería al encabezamiento que en una ocasión puso el general De
Gaulle en una carta a Sartre. ¿Estamos muy lejos de ese ideal,
profesor?
—Lo he repetido mucho últimamente. «Hay gente que trabaja en
Filosofía, y que trabaja bastante bien. Pero ocurre en España, en Filosofía
lo mismo que en otras actividades, como física o química, que no hay bastantes.
Que hay relativamente pocos. Y en el caso de las actividades culturales, la cantidad o, como yo
prefiero decir, la densidad, es importante. Si en vez de haber cuatro filósofos hay
cuatrocientos, trescientos pueden ser detestables, pero de los otros cien se puede sacar algo. No
es inferior la cultura científica o filosófica a la que hay en otros países.
Luego ocurre que la filosofía tiene sus altibajos. Y estamos en un período de
depresión».
Ferrater Mora es de estatura media, anda muy tieso, tiene una frente despejada, casi
inmensa, sus ojos son penetrantes y su gesto, en general, denota a veces cierta tiesura
también, como si quisiera marcar la distancia entre él y el mundo. El mismo en una
ocasión se describió como «bastante buena persona; me repugna la
violencia, pero también la injusticia; soy ordenadísimo, a veces hasta la
pedantería; no me doy mucha importancia; soy ligeramente vanidoso; bastante
irónico, muy nervioso... Y me tomo las cosas con una —buena dosis de
filosofía...»
En su atuendo, como si quisiera romper con un molde demasiado clásico, choca un
pañuelo estampado que lleva a guisa de corbata. Resulta algo falsamente provocador,
porque en todo lo demás el filósofo es la viva estampa de lo convencional. Su
conversación es amable, condescendiente. Cuando le recuerdo esa frase de
Ortega de que «la claridad es la cortesía del filósofo»
responde: «Es casi lo único que soy yo: claro». Y lo dice con un tono que
hace que me avergüence de haberlo planteado.
—Yo creo que no busco la claridad, se me da quizá por costumbre o por
hábito, bastante naturalmente. Una de las cosas que yo encuentro que
todavía aquí necesitan corrección es la ausencia de claridad. Es decir, me
da la impresión de que, muchas veces, los escritores, los políticos ponen
interés en que no se les entienda.
Cita la famosa anécdota de Mallarmé con aquel poema que encontró
tan claro que lo rechazó y dijo: «Hay que introducir algunas gotas de
oscuridad.» «El escritor español, y no digamos el francés —dice— es
deliberadamente oscuro. Y añade: «Hoy en día muchas de las
catástrofes nos vienen de Francia.»
Se le nota, por el momento, más interés por lo literario que por lo
filosófico. Sus salidas en literatura parecen haberle enardecido.
El premio «Cervantes»
-¿Piensa realmente que le pudieron dar el
«Cervantes»?
—¿Por qué no? Bueno, me parece que los autores a veces reciben premios
no simplemente porque han escrito poesía, novela, sino también ensayo. Creo que
eso está incluido. Yo soy miembro de la Academia, correspondiente en Estados Unidos,
fueron ellos los que me propusieron, si no nadie me habría propuesto. Y de nuevo este
año apareció otra vez mi nombre, me lo han dicho. Y mire, esto no sirvió
para nada, porque el premio seguramente estaba dado ya.
—Está el escritor, evidentemente. Ahora está escribiendo otra novela.
Sí, es larga, de 400 páginas, más o menos como la anterior. En
este momento estoy bastante volcado en la lileratura. Todavía no tengo título. En
principio había pensado llamarla Crónicas de Corona —y no sé si
voy a cambiar Hecho en Corona, Made in Corona. Es una isla que está a
trescientos setenta y tantos kilómetros de Nueva York y a unos quinientos al norte de
Cuba. Es un país culturalmente hispanoamericano, pero que tiene muy poco que ver con
Hispanoamérica, porque fue poblado por gente rara, seguidores de Vives
y Erasmo, generalmente son judíos expulsados. Ha tenido una historia
distinta y está industrialmente muy desarrollado, hay tantos productos como en el
Japón, compite con Japón, porque todo está Hecho en Corona.
Ese es el eje central del ambiente.
—Al decir Hecho en Corona, en inglés, por primera vez se le ha notado en la
frase entera una perfección de «residente en el extranjero».
—«Bueno, hace 35 años que vivo en Estados Unidos. Pero, sin embargo,
cuando, escribo en castellano, creo que lo hago con bastante pulcritud, y eso es lo que
queda.»
Mire, Ferrater, da usted la impresión de que es una persona que se las sabe
todas. ¿Es realmente tan controlado y tan racional?
Le hago la pregunta porque al hacer el relato de su salida de España, en el año
39, cuando estaba en el ejército republicano, me ha dicho «que no se dejó
ir como un cordero, como todos los demás a los campos de
concentración». Se fue a ver a un amigo que tenía en Perpignan que le dio
el dinero para ir a París. «Y no descendí del tren en ningún
momento, pese a las constantes invitaciones que hacían.» «¡Les
refugiés espagnols; en bas!» «Yo me hacía el
sueco.»
«Lo importante es tener un proyecto»
Cuando como «corderos» cruzaron la frontera tantos otros españoles
ilustres de Antonio Machado a Corpus Barga, pasando por los innumerables
fugitivos anónimos, esta presunción del filósofo produce algo de
irritación.
Ha dicho también que cuando iba en el barco, camuflado como actor en una
compañía de teatro, mientras todos añoraban su tierra, el chorizo que
comían, todas esas cosas, él se mantenía dueño de sí
mismo.
—Bueno, sí, a mí el chorizo me interesaba poquísimo. Mire, lo
interesante es tener un proyecto, algo por hacer. A, mí me salvó eso, que
tenía planes. Había cumplido 26 años y no había publicado
más que un solo libro, en Madrid, en 1935, y algunos artículos. Pero ya
tenía claro lo de la filosofía. El problema era si eso lo podría hacer en
Hispanoamérica. Primero estuve en Cuba pero aguantaba mal el calor. Cuando pude me
fui a Chile y después a Estados Unidos. Cuando salí de España hablaba
inglés, francés y alemán.
—Unos padres ricos...
—Nada de eso. Pertenecía a la clase media, la clase media más baja que
pueda usted imaginar. Mi padre era empleado, primero en una compañía de
electricidad y luego en una pequeña empresa de productos eléctricos
también, pero yo había aprendido idiomas —porque me interesaba, supongo— desde
muy joven.
«Hablaba mejor alemán que inglés. En aquella época, el
idioma académico, filosófico, era el alemán. Si no sabías
alemán, no había nada que hacer. Era en aquellos años lo que hoy es el
inglés. Cambió eso porque Hitler tuvo la idea de organizar aquel
tinglado espantoso, de tal categoría, que hundió al país,
definitivamente. Destruyó el idioma alemán. Porque entonces hablaba
alemán cualquier otro país que no tuviera una lengua extensa como el
inglés o el ruso.
Era el segundo idioma. Eso hoy, gracias a Hitler, sí, ha
desaparecido.»
América, América
—Después de vivir un tiempo en Nueva York, me trasladé para hacer
investigación, si lo quiere llamar así, a Baltimore. Allí seis o siete meses.
Veía a Salinas casi todos los días. Asistí casi a sus
últimos días. Lo visité con frecuencia en el hospital de Baltimore, luego lo
trasladaron a Boston y allí murió, al cabo de mes y medio.
Ahora Ferrater vive en una hermosa casa —de alquiler— a veinte kilómetros de
Filadelfia, en Byrn Mawr, entre árboles, hierba, libros y computadoras, y con una esposa
norteamericana, veinte años más joven que él, que fue alumna suya.
«Escribió la tesis doctoral bajo mi dirección —dice—, y tenemos un libro
compartido "Crítica aplicada". » Se llama Priscilla Cohn, es profesora de
filosofía y está en activo. Ferrater Mora, sin embargo, está
jubilado y dedica su tiempo a la actividad literaria, por el momento. En la casa tiene tres
ordenadores, ocho monitores de televisión, una mesa de montaje cinematográfico,
500 películas clasificadas y 15.000 libros perfectamente fichados.
Lo de las películas es afición suya antigua.
—Siempre me ha interesado. Me interesó muy joven y me sigue interesando. He
hecho algunas peliculitas de 16 mm. Algunas hasta han tenido premios. He hecho una hasta con
argumento y actor, David Kramer, que ahora está muy solicitado por el
cine comercial. Pero, en general, hago películas que yo llamo «obsesiones»
o «ilusiones». Tengo una que se llama Luz perpetua, que tuvo tres premios en
Estados Unidos, que es una visión de Grecia, de lo menos griego que se pueda imaginar.
Otra recoge una visión de las noches norteamericanas y se llama Insomnio.
—Supongo que leerá mucho. ¿Qué es lo que lee?
—Lecturas poéticas tengo pocas. No, ni en catalán tampoco. De
Pere Quart me sé algunas cosas de memoria. También me gusta mi
homónimo Gabriel Ferrater y los poemas de Foix, de Espriu.
Pero el intríngulis de la poesía no lo conozco. En castellano me ocurre lo mismo,
la verdad, no conozco suficientemente la poesía. Conozco los poetas de la
generación anterior a la mía: Salinas, Guillén,
Alberti, que me gustan mucho.
Hablamos de las lenguas.
—Tener como idioma propio el catalán es un gran inconveniente hoy en día.
En un mundo en que ya el español tiene dificultad en imponerse, imagínese lo que
tendrá el catalán o el danés.
Acusado a veces de desarraigado, José Ferrater Mora insiste en que esa
calificación le da igual. «La sangre es un mar inmenso que baña todas las
playas» debe pensar con Nicolás Guillén, sin saberlo. Y practica
el «ubi bene, ibi patria».
Pero desarraigado no lo es porque, aunque nunca haya echado de menos las monchetas con
chorizo o beber en porrón, ha vuelto por España con frecuencia. A partir de 1950,
casi todos los años.
—«Hoy en día las distancias son mucho menores que hace 35 años.
Yo no tengo la impresión de que estoy fuera.»
Volvemos a sus escritos. Ferrater confiesa que retoca permanentemente su
obra.
—Lo digo con toda sinceridad. He mejorado bastante en los últimos diez o doce
años. Cuando veo una cosa mía escrita hace treinta me horrorizo. De modo que he
tardado mucho tiempo en empezar a hacer las cosas de una manera aceptable. Rehago mucho las
cosas, las vuelvo a hacer y he observado que mientras los libros que había publicado hace
treinta años necesitan una revisión bastante considerable porque son demasiado
retóricos o por otras razones, las cosas escritas hace diez lo necesitan menos. Todos lo
necesitan. Siempre necesitan.
«Cada vez que se rehace una página sale mejor. A veces puede no ser
así. Hay un famoso pasaje en una novela de Camus —creo que es La
peste— que se refiere a un solo párrafo que está revolviéndolo
continuamente y cada vez sale peor. »
Describe un rincón del bosque de Bolonia y cada vez sale peor el bosque de Bolonia.
Al final no lo entiende nadie.
—Para mí, examinar los textos con atención es lo mejor.
«El Diccionario lo he retocado mucho desde la primera edición pero eso es
otro asunto, no es una obra literaria. Ya estuvo escrito desde el principio en un estilo muy directo,
simple y poco retórico. De modo que las modificaciones lo son de información.
No es lo mismo una obra de esta índole publicada en 1950 que en 1970. Algo ha pasado
que ha agregado o que ha reinterpretado el pensamiento filosófico del pasado, y eso hay
que incorporarlo.
—¿Está la filosofía de capa caída, profesor?
—Lo que le ha pasado a la filosofía, me parece, es lo siguiente: hubo un momento,
creo que en el siglo XII o XIII, en que no había, intelectualmente hablando, y aparte
algunas actividades profesionales como la medicina o las leyes, más que filosofía y
teología. Lo que había de ciencia era relativamente poco. A partir del XVII se
produjo la gran eclosión científica, en la cual estamos todavía viviendo,
desde la cual la ciencia empezó a pisarle los talones a la filosofía. Todavía
en el siglo XVII los filósofos eran al mismo tiempo científicos, Leibnitz
es ¿filósofo o matemático?
«Más tarde lo que le pasa a la filosofia es que se vio confinada a ser una
especialidad y como especialidad tiene una dificultad, que es que no posee objeto propio. No hay
objetos filosóficos, como no hay objetos físicos, o bioquímicos. Es mucho
mejor que la filosofía no quede bien definida como una actividad, sino que esté
mezclada con muy diversas cosas. La filosofía puede tratar de asuntos diversos.
En esta materia Ferrater opina que sería bueno juntar la actividad
filosófica española con la hispanoamericana. Aunque no haya gente que haya
destacado de una forma extraordinaria afirma que hay gente que trabaja muy bien.
—Hace unos tres años hubo un congreso de Filosofía en México en
el que españoles e hispanoamericanos hicieron un estupendo papel. No tenían nada
que envidiar a la gente que venía de Estados Unidos o de Alemania. Estaban
perfectamente al día.
Sobre la investigación científica opina que, aunque es un tema que no puede
resolverse de la noche a la mañana, tampoco hay que darle largas. Hay que empezar ahora.
No se puede decir que no se pueda resolver.
—Lo ideal sería que una combinación de organizaciones estatales y
públicas invirtieran lo suficiente —con la conciencia de que gran parte de lo invertido
será pura pérdida— para poder echar a andar. Hay que pensar un poco a largo
plazo, con la idea de que los resultados no se van a obtener la próxima semana. Pero no
por eso decir que como es a largo plazo... Hay que hacerlo ya.
Sus manos grandes apenas se han movido. Tampoco el tono de su voz ha variado. Su
extraño pañuelo-corbata sigue ahí, como un desafío insólito
en persona tan de orden. La conversación nunca ha roto el hielo, aunque ha sido cordial.
Hasta otra visita.
Ferrater se vuelve a jugar con sus ordenadores, a buscar palabras para esa historia
en Corona o para darle vueltas a los temas del «ser y la muerte».
¿Oirá alguna vez en este país lo de «querido maestro»?
Isabel Hernando
Época 40 (1985), pp. 16-22.
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